Queridas y queridos, como diría Antonio Gasset "Días de cine, un programa dedicado a entretener a víctimas del insomnio, noctámbulos, parejas en crisis, politoxicómanos, e incluso algún aficionado al cine, está a punto de comenzar".
Pues comencemos...
Qué nos gusta un marujeo. Es intrínseco en el ser humano. Ese cotilleo, esa historia que nadie más que tú sabe, ha de ser compartida, verbalizada, si no, es como si no hubiese ocurrido. Como gritar a la nada.
Durante mucho tiempo me he contenido. Muchos me habéis preguntado y yo, como buena profesional que soy, he dicho "lo siento, no puedo. Algún día"...
Pues ese día ha llegado. No sé si será por este paro laboral interminable que me está sacando de mis casillas. O si será porque es una forma de no desvincularme de mi sueño.
El caso es que, queridas y queridos, ya no puedo más.
Empecemos con el primer capítulo de esta trilogía...los actores:
Érase una vez una auxiliar de dirección de cine más verde que la clorofila. Tras verse encajonada en el maravilloso mundo del catering durante años, por fin consiguió su primer contrato en una película. La muchacha tenía que pellizcarse cada vez que entraba en los estudios con su cochecillo de tercera mano al amanecer.
Para más inri le dieron las llaves de un carrito de golf para moverse por los estudios, llevar a cabo recados y, en ocasiones, llevar a los actores al set.
Los actores...
Madre mía, podría hacer un blog solo sobre ellos (de hecho algo ya he escrito...).
Pero vamos a centrarnos. El caso es que esta película en cuestión contaba con un reparto joven, lozano, inexperto...vamos, unos teenagers. Casi todos chicos. Si hoy mismo me dan a elegir entre tener que "cuidar" a seis chavales de dieciocho años, o que me quiten las uñas una a una, me lo pensaría.
No paraban. Con la testosterona montada en una montaña rusa, no había día que no la liasen parda. Era como meter a un elefante en una cacharrería. De ahí una no salía ilesa.
Y, efectivamente, lo pude vivir en carne propia.
Un día, los chavales en cuestión esperaban a ser llamados al set en las escaleras de sus trailers. Más aburridos que un bocadillo de mortadela, pasaban las horas como podían.
Entra Paula.
Acabados mis recados con el carrito de golf, lo aparco frente a ellos y me paro, educadamente, a charlar un poco.
A la que uno, el cabecilla obviamente, me dice, "Paula, ¿me dejas llevar el carrito de golf?". Yo, inocente de mí, le dije, "Bueno, pero por aquí y yo de copiloto", pensando que eso sería mucho menos catastrófico.
Como si yo fuera presa y él mi cazador, sonrió en cuanto le di las llaves. "¡Chicos, que nos vamos a dar una vuelta!".
En un intento desesperado por parecer autoritaria, empecé a gritar que no con muchos aspavientos. Pero era demasiado tarde. Ya tenía a cinco de ellos apelotonados en la parte de atrás y al cabecilla arrancando.
Obviamente, no era un Ferrari. No es que saliésemos despedidos como balas. Pero hay que tener en cuenta que el límite de velocidad en el estudio era de diez kilómetros por hora y nosotros íbamos a veinte...pues como si fuéramos en un Porsche por autopista.
¿Lo que más les gustaba? Los baches y las rotondas, cómo no.
Una servidora chillando como una posesa, mientras los chavales se descojonaban lanzando un "yupiiiiii" a cada bache, a cada giro. Un cuadro.
De pronto, en la lejanía, intuyo una figura con los brazos cruzados. Cuanto más nos acercamos, más se me ponen de corbata.
Mi jefe, el segundo ayudante de dirección, nos observa mientras derrapamos hacia él. Otro "yupiiiiii".
Él, con rictus serio, me mira, se lleva el índice a la garganta y la recorre de izquierda a derecha.
O paro o me la cargo, vamos.
El que conduce ve el percal y, a la velocidad permitida, aparca lo más suave que puede mientras los demás aguantan la risa como pueden.
- "Paula, a mi oficina", mi jefe me ordena.
A lo bajini le digo a los chicos, "os mato".
Cuando entro me cae la de dios. Que si me llegan a ver los productores, que si nos llega a pasar algo.
Yo pido perdón y le doy la razón en todo. Porque la tiene.
Cuando, de pronto, se empieza a reír. Pero a carcajada limpia.
¿Perdona?
"Si al menos no fueseis gritando como unos locos por delante de la ventana de mi oficina...".
Asiento y le doy la razón.
En ocasiones, no es fácil delimitar la línea que separa el colegueo con los actores de la amistosa profesionalidad.
He visto auxiliares de dirección fumando porros con algún actor, irse de copas, hacerse fotos en el set, pedir autógrafos. Y vosotros diréis, que majos los actores, ¿no? Sí, si. Pero ya verás qué rápido se vuelven las tornas. La amistad con los actores es, digamos, complicada. Hay que saber dónde poner límites porque, a fin de cuentas, no deja de ser un trabajo. Ya sé que muchos diréis "Buuuuuu, ¡aburrida!" Pero claro, a veces los actores se pueden tomar demasiadas confianzas y, de pronto, por ejemplo, desaparecer. Literal y físicamente. Y una no puede perder a un actor. Repito y con mayúsculas, NO puede perder al actor. La mayoría te dice a dónde va. "Paula, voy al baño". Tu suspiras con alivio. Pero hay otros...otros se aburren y se dedican a "jugar" con el auxiliar al escondite. Y pongo "jugar" entre comillas porque el actor se lo pasa de puta madre, pero el auxiliar se hace literalmente caca de solo pensar que llamen por radio al actor y lo haya perdido. Eso es lo que le pasaba a menudo a una compañera que fue nombrada auxiliar de dirección para el reparto. O sea, canguro de los actores. Uno de ellos, actor conocido al que no nombraré se dedicaba a eso, a desaparecer. Le llamábamos "Houdini". Así que, bastante a menudo, mientras tú te dedicabas tranquilamente a tus quehaceres, ella entraba en el estudio con los ojos fuera de las órbitas y como si le persiguieran los "dementores" de Harry Potter y te gritaba histérica..."¿Has visto a 'Houdini'?" "Nop" "Joder, ya lo he perdido otra vez". Y salía corriendo por donde había venido. Así durante cuatro meses, que se dice pronto.
Hemos endiosado a los actores, y se nos olvida que son humanos. Que tienen sus inseguridades y, aunque no lo podamos ver, de vez en cuando, hasta se comportan como todo hijo de vecino.
Como aquel día que me di un par de bailes con ese actor tarantiriano porque me pilló cantando. O cuando enseñé a cierta actriz que viste de Prada a decir "no tengo el chichi para farolillos" y lo soltó en pleno discurso emocional de fin de rodaje. O determinado actor que luchó por aquel famoso trono y que acabó abrazándome porque unas fans me hicieron EL spoiler del siglo. E incluso esa actriz...qué digo, LA actriz británica por antonomasia, que acabó grabando un video conmigo para mi madre en español. Por lo visto había aprendido el idioma gracias a nuestro actor español más internacional. Ahí lo dejo...
Pero no nos engañemos, algunos actores también la lían pardísima y saben que el equipo somos los guardianes de sus más íntimos secretos.
Nunca, en la vida, contaré cuando aquel actor famoso de los ochenta le dio por hacerse enemas de café semanales y dejaba el camerino como Charlie y la fábrica de chocolate. Jamás relataré aquello de esa actriz, ganadora de un Oscar que, consciente de lo desagradable que era ella con el equipo, no aceptaba bebidas ni comida de nadie que no fuera su ayudante personal por si le dejaban un "regalo" en el refresco. Tampoco contaré cómo un equipo de setenta personas tuvimos que esperar unas tres o cuatro horas diarias durante seis meses a que el actor principal - tan aparentemente cool y terrenal - se dignase a presentarse en el set porque andaba jugando a la play. Nunca, nunca, nunca relataré cómo una actriz paró por completo un rodaje porque tenía que hablar con su marido, del cual se estaba divorciando. Jamás confesaré que se prohibió terminantemente pasar por los camerinos porque ella estaba en plena llamada transatlántica. Y por supuesto no admitiré que se me olvidó por completo y me la crucé en plena discusión con el susodicho. El segundo ayudante de dirección casi me aniquila con la mirada.
Vamos, ya digo, mis labios están sellados...
Los actores son, a fin de cuentas, seres frágiles Si nos paramos a pensarlo por un momento, nos daremos cuenta que se exponen ante el equipo, la lente y el mundo entero. Hay que estar hecho de una pasta especial para dejarse el alma y la piel en el momento que oyen "acción" y ser capaces de volver a su ser cuando escuchan "corten".
Muchos viven en una burbuja tan enorme que alguno incluso no sabe ni sacar dinero con una tarjeta. O pagar una factura. O coger el transporte público. No lo han hecho en la vida. Pero, de vez en cuando, muy de vez en cuando, la reina de corazones se gira, te mira, te guiña un ojo y vuelve a la escena como si nada y eso... eso es oro, queridas y queridos.
