Sunday, 17 May 2026

Días de cine 2.) Dirección cinematográfica


 Queridas y queridos, recuerdo perfectamente cuándo me di cuenta de que quería ser directora de cine.
Fue en el año 2000 durante un curso de guión que hice en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba. Había escrito diarios y cuentos durante toda mi vida y pensé que, ya que adoraba el cine, mi destino sería la composición de guiones. 
Mi madre, fan número uno de cualquier manifestación de mi creatividad, me animó a realizar un taller de guión con Lola Salvador. Allá que me fui tres semanas a Cuba a aprender de una de las más grandes guionistas españolas. Al llegar a la escuela, ocurrieron dos sucesos que pueden parecer inconexos, pero que influyeron enormemente en mi futuro. 
Por un lado, nos avisaron a los alumnos del curso que Lola Salvador no podría impartir las clases por problemas personales. ¿Su sustituto? Un guionista cubano del que, con toda honestidad, no puedo recordar su nombre. Un señor que, con su voz suave y monótona, aburría a las ovejas.
Por otro lado, e intuyo que por error, en lugar de ponerme de compañera de apartamento con alguien de guión como al resto de mis compañeros, compartí habitación con una alumna del curso de dirección, Elizabeth. 
Frente al hastío diario de mis clases de guión, cada tarde Elizabeth me contaba las maravillas de su taller. Cómo rodaban pequeños sketches aprendiendo términos desconocidos para mí como el raccord, el salto de eje o el plano secuencia. Mientras yo contaba los minutos para poder escapar de mi aula, ella vivía el cine desde dentro. 
Harta de mis quejas, Elizabeth me "invitó" a su clase. De "estrangis" me metí en el aula y me senté en la última fila. El profesor me miró extrañado, pero me ignoró. Comenzó su explicación sobre la dirección de actores y fue como descubrir un mundo nuevo de luz y color. Todo me interesaba. Yo era una esponja y el cine era mi agua.
Por fin podía entender la teoría, los conceptos, los trucos detrás de la magia. Fue una maravillosa revolución. Quedé enganchada en los primeros cinco minutos.
Desde ese día, asistí a todas las clases de dirección. El profesor siguió haciéndose, muy conscientemente, el loco. Sobretodo cuando empecé a colaborar en las prácticas de sus alumnos sin permiso alguno. De lo que fuera, como fuera. Si había que ayudar con el vestuario, ahí estaba Paula aguja e hilo en mano. Si había que rebotar la luz, ahí estaba Paula con un "sticko". Enseguida me hice amiga de todos los alumnos de dirección y acudía a sus reuniones en vez de a las mías, las de guión. 
Las tres semanas pasaron en un suspiro. En el taxi, de vuelta al mundo real, un proyector imaginario reproducía una y otra vez, las imágenes del viaje que no podía quitar de mi mente. No solo había descubierto que me quería dedicar al cine, sino que, quería ser directora de cine.
No sé muy bien por qué, pero en ningún momento me planteé que entonces ser directora fuera revolucionario. No fui muy consciente de las pocas directoras que existían en la historia del cine hasta que quise convertirme en una. Me di cuenta de que el camino no solo iba a ser complejo, sino casi imposible. Conté el número de directoras de cine en España que conocía y cabían en una mano: Isabel Coixet, Icíar Bollaín, Gracia Querejeta, Chus Gutiérrez y Pilar Miró . 
Pero el virus del cine ya había entrado en mí hace tiempo y era difícil ignorarlo. 

Tras siete años de tortura académica (que no festiva) conseguí licenciarme en Filología Inglesa por la Universidad de Salamanca. Diploma en mano, grité a los cuatro vientos que ya había cumplido con lo que se esperaba de mí y era libre para perseguir lo que realmente deseaba, la dirección cinematográfica.
En 2005 entré en la Escuela de Cine y Televisión de Madrid (ECAM) tras dos intentos y, aunque no terminé la diplomatura, por primera vez, comía, dormía y respiraba cine. Exploré clásicos españoles como Buñuel, Berlanga o Saura. Descubrí los cines Doré de Madrid con una proyección de Nosferatu de Murnau que contaba con música de piano en directo. Aprendí el argot necesario para desenvolverme en un rodaje. Creé guiones, historias, personajes (que señores mayores fumando puros deshechaban sin piedad). Pero, sobre todo, descubrí que había más directoras de cine españolas que desconocía por completo. Como por ejemplo, Ana Díez y Patricia Ferreira - a quien tuve la suerte de tener como profesoras - Josefina Molina, Cecilia Bartolomé, Daniela Fejerman o Inés Paris. En mi clase de dirección éramos tan solo dos mujeres de doce alumnos que entramos ese año a primero. Y se notaba. El tufo heteronormativo masculino apestaba. Una de las primeras preguntas de uno de mis "compañeros" fue si era lesbiana. Supongo ser directora de cine incluso en el nuevo milenio seguía unido a un sentimiento masculino alpha.
A día de hoy sigo pensando que el cine es, en muchas ocasiones, una pelea de penes. O un concurso de a ver quién mea más lejos. Según cómo se mire. El cine intimista y personal se adjudica al cine femenino única y exclusivamente. O gay. Pero directoras como Patty Jenkins (Wonder Woman) o Kathryn Bigelow (Le llaman Bodhi o En tierra hostil, siendo esta la primera mujer en ganar un Oscar a mejor dirección), entre otras, han demostrado que el cine de acción no está reservado para hombres.
No hay un cine de mujer, hay cine dirigido por mujeres.
Y como habréis notado de un tiempo a esta parte, su presencia no puede pasar desapercibida. No solo por ser mujeres, o una novedad, sino porque son grandes directoras y sus temas están de actualidad. Cuánto me hubiera gustado tener esta cantidad de mujeres referentes cuando daba mis primeros pasos...Carla Simón, Paula Ortiz, Claudia Costafreda, Eva Libertad, Clara Roquet, Alauda Ruiz de Azúa, Pilar Palomero, Belén Macías, Arantxa Etxebarría, Leticia Dolera, Andrea Jaurrieta, Mar Coll, Elena Martín y tantas otras más.
La dirección cinematográfica no debe tener género. Dirigir es guiar a un equipo hacia un mismo objetivo. Es tener una visión y ser capaz de que los demás la entiendan y la hagan realidad. No es solo sentarse con unos cascos frente a un monitor y gritar "¡ACCIÓN!". Es mucho más . Dirigir es aconsejar a tus actores, llevarlos, de algún modo, a tu terreno. A tu universo personal. Igual que al resto del equipo. Eres la capitana, capaz de exprimir el talento de tu equipo al máximo. Sin embargo, en ocasiones, también eres grumete y debes dejarte aconsejar por directores de departamento que saben más que tú. Es un juego. De poder y de imaginación. Divertirte siendo otra. Crear mundos y personajes que hacen y dicen lo que quieres expresar. Porque dirigir es tu idioma. No sabes hablar otro. 

Después de la escuela de cine de Madrid vino la ayudantía de dirección en Londres donde contribuí a que otros directores lograran cumplir sus visiones. De esto, otro día...
Pero, ¿y mi propia visión?
Está ahí. Escondida. Es una luz que no se apaga nunca. Y que está esperando que la haga brillar de nuevo algún día.

"¿A qué esperas?"










Sunday, 10 May 2026

Perimenopáusicas. Segunda parte


Queridas y queridos, en vista de la complejidad del periodo perimenopáusico, he llegado a la conclusión que las niñas deberían venir al nacer con un manual de instrucciones titulado "Cómo ser mujer" que haga referencia a las siguientes secciones: 
Primero la menstruación, luego aprende a ponerte la compresa, más adelante da clases de "cómo ponerte un tampón", que es más ingeniería de caminos que otra cosa. Ve al ginecólogo y ábrete de piernas una vez al año. Inciso: ¿por qué nos dan una batita y un cuarto para cambiarnos si luego nos van a ver hasta la úvula?. Prosigamos. Hazte la mamografía, que consiste en aplastar la teta hasta que queda como el papel cebolla. (Me pregunto, ¿si les tuvieran que laminar los testículos a los hombres anualmente, la comunidad científica habría encontrado un modo menos desagradable? Seguro). Si te quieres poner el DIU, a palo seco, sin anestesia local ni leches en vinagre. Como decía la profesora de Fama, "¡Aquí habéis venido a sufrir!" Y cada mes los pechos como sandías, la tripa hinchada como un oso amoroso, sin energía ni para rascarte un ojo, con una mala leche que escupes fuego y con más hambre que un piojo en un peluche. Y esto es solo antes de empezar a sangrar. Porque la gente, bueno los hombres, se piensan que la regla es aquel espacio temporal en el cual vives durante las hemorragias. Pero no. La menstruación es un ciclo de 28 días de los cuales sueles ser una persona razonable tres, como mucho cuatro, diría yo. El resto es una lucha constante con(tra) tu cuerpo. Y tras unos cuarenta años viene la menopausia, deja de bajar la regla y ala, a vivir la vida. Pues resulta que no. Porque el cuerpo de la mujer no se estudia. 
"¡Qué exagerada eres, Pau, como siempre!", me diréis.
Un equipo científico liderado por la Doctora Ju Young Lee (Universidad de Amsterdam), acaba de publicar el mapa completo de la red de nervios del clítoris (Neuroanatomía del clítoris, Marzo 2026). Mientras que este mismo mapa de la red de nervios del pene lleva publicado unos 30 años. ¡30! Vale que a algunos hombres les sea difícil encontrar el clítoris, pero treinta años...claro, por eso ha sido una científica la descubridora, y no un científico. Blanco y en botella...
Pues la perimenopausia no se empezó a estudiar hasta los años 80. Vamos que ya se había ilegalizado la discriminación por género en el trabajo, había nacido el primer bebé fecundado in vitro, se había legalizado el aborto en Estados Unidos y Margaret Thatcher se había convertido en la primera mujer Primera Ministra del Reino Unido.
En resumen, íbamos pergeñando alguna cosita que otra por el mundo por y para las mujeres.
Pero, insisto, hasta la década de los 80 no hubo estudios serios sobre el tema.
¿Qué quiere decir esto? Pues que seguramente millones de mujeres andaban por la vida con sofocos, insomnio, sequedad vaginal e irritabilidad y no tenían ni la más remota idea de lo que les estaba ocurriendo. Y, queridas y queridos, no hay nada que irrite más que una irritabilidad que no sabes de dónde viene, pero sí hacia dónde va: a Manolo.
Manolo: ¿Pero qué te pasa Carmen?
Carmen: ¿¡A mí!? ¡A mi no me pasa absolutamente nada, Manolo!
Manolo: Algo te pasa porque estás sudando más que el fontanero del Titanic.
Carmen: ¡¡Que no me pasa nada, te he dicho!!
Manolo: ¿Estás en esos días no, Carmen?
Carmen: ¡Que no, Manolo! ¡¡¡¡Que estoy divina!!!!!
Dijo Carmen mientras se abanicaba enérgicamente...
Carmen no tenía entonces internet. Pero yo sí. Así que cuando busqué "perimenopausia", no solo me salió la lista de los reyes Godos en síntomas. No. También aparecieron maravillosos artículos titulados "Perimenopausia, el turbulento proceso que atraviesan las mujeres a partir de los 47 años" (Yahoo!, 2022) o "Perimenopausia, las claves psicológicas y físicas para afrontar esta etapa sin sufrir el 'marketing de los 40'" (El Español, 2025) que, parecen más títulos de películas de terror.
Para empezar, el "periodista", utiliza el término "turbulento proceso", como si fueran a salirte antenas en la cabeza, como en la peli "La mosca". (De hecho, ahora que lo pienso, la peli es una gran analogía de lo que es pasar de la perimenopausia a la menopausia). Además subrayan que a "los 47 años" empiezas a sentir los síntomas. Ni 46, ni 48. 47. Cuan Cenicienta, a las 12 de la noche de tu 47 cumpleaños, sonarán las campanadas y tú comenzarás la trágica transformación sin que nada ni nadie lo pueda evitar. ¿Y qué pasa con el zapatito de cristal que se queda en las escaleras de palacio? Podría representar que has perdido parte de tu feminidad por el camino. Por otro lado, tenemos que "afrontar esta etapa", como si fuera un toro de mihura, joder. Y ya, la guinda del pastel. "Marketing de los 40". Lo que me faltaba. Entiendo el marketing de un disco, un evento o un libro...pero, ¿mi pérdida de regla? ¿Y si es cierto que hay ese marketing, me lo puedo pasar por el papo?

En resumen, que ser mujer es complicado. 
Y, a pesar de todo, queridas y queridos, yo, personalmente, no me cambiaría por un hombre. Prefiero tener efectos secundarios a mansalva si eso quiere decir que mi cuerpo es capaz de dar vida a un ser humano (aunque luego decida no hacerlo). Me gusta más lo que implica formar parte de una sisterhood que de un brotherhood. Elijo "no tener el chichi para farolillos". Prometo ser feminista incansable. Seguiré escribiendo sobre la problemática de ser mujer, pero también de lo maravilloso que es vivir en un cuerpo femenino. 

Perimenopáusicas sí, y con el abanico bien abierto.




Saturday, 2 May 2026

Perimenopáusicas. Primera parte

Queridas y queridos, ojú qué calores tengo. Al principio pensé que era el cambio climático. Acaba el invierno, llega la primavera, y Londres a 20 grados. Más calor que un pollo en rotación. Y, me entran los sofocos. Empiezo a sudar como si fuera un sifón. Cuando digo sudar incluyo brazos, sobacos, nalgas y cabeza. Soy un frigo pie que se derrite al sol y tengo que ir con el abanico a todos lados. Cada cinco minutos lo saco en el tren de camino al quiropráctico (¡ah, sí!, tengo la espalda tan rígida que si me caigo, reboto) y le doy una caña (al abanico, no al quiropráctico) que ni una folclórica en misa. Los viajeros miran el móvil así que nadie parece darse cuenta que comienzo a otear al personal y, para mi sorpresa, no solo la gente no suda, sino que llevan jerseys, chaquetas y hasta pañuelos alrededor del cuello. ¡Pero si hace un calor sahariano!
Llega mi parada, me bajo deseando que el aire de la calle me apacigüe un poco. Pero no hay manera. Una vez que empiezo a sudar es difícil pararlo. Los chorretones me caen por la frente. De pronto, paro en seco. ¡Ostras! ¿Cómo voy en este estado al quiropráctico? Que ese hombre me tiene que tocar y masajear como si fuera masa de pan, y yo estoy como pez fuera del agua, resbaladiza y viscosa. Entro en una tienda y me compro un refresco bien frío, pero causa el efecto contrario. Ya pasada la hora de mi cita, me digo que tengo que subir a la consulta como sea. ¿La única solución? Entrar con la sudadera puesta. Cierto es que el muchacho notará menos el sudor, pero cada vez sudaré más. 
No hay quien gane.
Kiril, mi quiropráctico, es como un bombón Lindor, está bien bueno. Es un morenazo de Malasia de metro noventa con pelazo Pantene y sonrisa Profident. Tiene, unas manos que son gloria bendita. Este dato puede parecer irrelevante en la historia, pero yo me pongo nerviosísima con él. Sobretodo cuando me coge de los pies y tira de mi para ajustarme la posición. Cada vez que lo hace me sale un "¡uy!" del gustirrinín. Seguro que ya sabe que me gusta. Así que, claro, como es lógico, sudo más.
Entro en la sala y él me espera sonriente, como siempre. Le miro, hago una mueca nerviosa y dirijo mi mirada hacia la camilla. Horror de horrores. De pronto me doy cuenta: la cabecera ya está cubierta de un papel desechable, como medida higiénica. Joder, joder, joder, que ahí tengo que poner la almendra. Al notar mi reticencia a tumbarme, Kiril hace un gesto con la mano y me invita a hacerlo galantemente. Pues nada, allá que voy. Primero me toca boca arriba. Noto cómo el pelo, ya empapado, moja sin piedad el fino y delicado papel. Kiril me habla pero yo no estoy. He desaparecido. No le escucho. Mi única preocupación es el mejunje que noto en la cabeza.
De pronto, me da un toque en el hombro. "Paula, ¿te pones boca abajo?". Estoy segura de que me ha hecho la pregunta más de una y dos veces. "¿Mmm? ¡Ah, sí , sí claro!", respondo. Me doy la vuelta como si fuera un camarón a la brasa y, horror, ahí está el papel empapado con mi sudor. "¿Tienes calor?", me pregunta Kiril. "Un poco", contesto con un hilito de voz más roja que una frambuesa. Él cambia el papel por uno nuevo y apoyo mi cara sudorosa. De nuevo, él habla, pero yo no dejo de pensar que hubiera sido mejor quitarme la sudadera. Ahora ya es demasiado tarde. "Bueno, pues ya estás", me comenta Kiril con esa voz (imagino) de surfero malasio. Me levanto y ahí está, como si fuera la Sábana Santa, mi careto impreso en el papel.
Quiero meterme bajo la camilla y no salir nunca más. 
Así fue cómo me di cuenta de que esos sudores no eran ni medio normales. Sin dudarlo, abanico en mano, salgo de la consulta corriendo ante la cara de estupefacción de la recepcionista. Pongo un pie en la calle y ya estoy consultando al chatgpt sobre estos chorretones sobrehumanos. La respuesta no solo es inmediata, sino que es una torta a mano abierta en toda la cara sudada. De repente, términos como "sofocos nocturnos, estrógenos, vello facial, insomnio", y...sonido de tambores...LA palabra: "perimenopausia" asaltan mi pantalla.
¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!
¡Imposible! 
- ¡Pero si aún soy joven!
- "Bueno, Pau", me comenta mi occipital derecho, "joven, joven, lo que se dice joven, no eres." 
- ¡Tengo amig@s de 35 años! 
- "Tienes 46 tacos, bonita, la juventud no es un resfriado, no se pega" 
- ¡Aún soy fértil! 
- "Para ser exactos te queda un óvulo, y el pobre hace eco desde el útero. Tienes que aceptar la realidad, Pau". 
- ¿Y cual es esa? 
- "Qué tu cuerpo está en proceso de cambio. Como estornudes fuerte, te harás pis encima. Si no empiezas a hacer pesas, te caerás y te romperás la cadera. Y ya puedes hacerte amiga de las pinzas de depilar porque te van a salir troncos negros en la barbilla."
- ¿Y esto hasta cuando?
- "Pues suele durar de unos 6 a 8 años hasta que deja de bajar la regla"
- ¡Pero eso son 8 temporadas de perimenopausia!"
- "Efectivamente, y esto no es Netflix, es HBO, te las vas a comer una a una"
¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

Continuará...

Sunday, 26 April 2026

No todos los hombres, pero...

Queridas y queridos, tengo el body reivindicativo. Noto cómo la rebeldía me sube desde el dedo gordo del pie, hasta el último pelo de la cabeza. No puedo evitarlo, el mundo se quema a mi alrededor y soy incapaz de sentarme y verlo arder sin más. Hay mucho de qué hablar. Guerras varias, miles de muertos, la mayoría de ellos civiles (sobretodo niños, niñas y mujeres) y un número incontable de personas desplazadas. Y en casa, sin ir más lejos, el precio de la vivienda que parece más un lujo que un derecho vital. Mientras, las cuidadoras de los centros infantiles hacen, literalmente, malabares circenses para atender a veinte bebés por trabajadora. 
Sin embargo, hay una noticia que me está costando asimilar. No ha saltado a las portadas como un bombazo informativo. Ha pasado casi de puntillas por la retaila de malas noticias que nos rodean. Pero a mi, me ha llamado poderosamente la atención. Mi cerebro, siempre tan crédulo, está en completo shock y no me deja procesar la información.
Se trata de la historia que aparece en una página de internet descubierta por la CNN. En ella, un grupo de hombres intercambian información sobre cómo drogar y violar a sus propias mujeres. Dicha página consiguió la friolera cifra de 62 millones de visitas el pasado mes de Febrero.
62 millones.
El pasado mes de Febrero.
Insisto: 62.
Es, literalmente, como si la población de España más doce millones de personas visitaran esta web. 
Contextualicemos.
Hace apenas dos años, el mundo se quedaba petrificado cuando el caso de Giséle Pelicot salió a la luz. Por si has estado viviendo en una cueva durante este tiempo, resumo. El "maravilloso" marido de Giséle, Dominique, creó una página web en la que ofrecía a los usuarios el poder violar a su mujer una vez drogada. Se calcula que Giséle fue violada 200 veces por 70 hombres diferentes.
Lo más llamativo de este caso no fueron solo las cifras (que dan ganas de vomitar), sino que la sorpresa vino cuando Giséle decidió, no solo salir en los medios, sino hablar con ellos. Por primera vez, la víctima no se escondió bajo un pseudónimo ni una peluca o una voz distorsionada. No. Gisèle Pelicot salió para decirle al mundo que los que tenían que avergonzarse y esconderse eran ellos, sus violadores.
Por un lado, los hombres (en general) se defendieron diciendo "todos no somos así", mientras que las mujeres contestábamos, "ya, pero qué casualidad que siempre son hombres".
Y aquí ya no hablo de casos mediáticos como el de la propia Giséle o el de la "manada" de los San Fermines (hay que especificar porque ya existen múltiples manadas en la actualidad). Hablo del día a día, queridas y queridos. 
Pero me estoy adelantando a los acontecimientos...

Volvamos pues a la página de internet con 62 millones de visitas. 
62. 
Las reporteras alemanas, Isabell Beer e Isabel Ströh, descubrieron el caso en 2025. Pero la noticia no se divulgó hasta que la CNN no publicó su propio reportaje hace unas semanas bajo el titular de "Global rape academy"/"academia global de la violación". El nombre elegido no es una hipérbole, es literal. En dicha página, los hombres intercambian información sobre las cantidades exactas de droga que debían emplear para que la mujer quede inconsciente (no quieren sobredosis y que la parienta la palme, claro) y cómo asegurarse de que la víctima está verdaderamente dormida (sorprende la inteligencia masculina: abriendo los párpados, sino se despiertan, al tajo). Muchos hombres comenzaron a grabar las violaciones de sus propias parejas y a cobrar el visionado por el módico precio de veinte dólares por "espectador". Como en cualquier otro negocio, se ofrecían modos de pago alternativos, por ejemplo, la criptomoneda. Todo bajo total anonimato.

Los hombres (y quizá algunas mujeres) que estén leyendo esto podrán pensar..."Jo, Paula, cómo te pasas, ¿no?" ó "qué pesadita estás con estos temas" ó "vaya feminazi".
Lo entiendo.
Pero, no sería más efectivo pensar, "¿qué puedo hacer por ellas?" "¿Cómo podemos ayudar a solucionar este problema tan grave? "
Es urgente conseguir que estos temas atraigan la atención de los hombres.
Por ejemplo, podrían no reírse de ese chiste machista en el grupo de whatsapp de tíos; educar a sus hijos a respetar a las mujeres y no tener que enseñar a las niñas a cómo protegerse; no mirar como si no fuera con ellos o apoyándonos alzando también su voz en estos temas. Y si un hombre expresa su opinión con criterio, más hombres le seguirán. Personalmente creo que este es el caso del creador de contenido Marc Barnés, @nosoloviernes2 en Instagram. Su comentario en las redes sobre "la academia global de violación" ha recibido más de un millón de visitas. Otro ejemplo es @gonzalobritopons, que insta a los hombres a investigar y conocer más sobre el caso. Pero, por desgracia, no he podido encontrar muchos más hombres tratando este tema en castellano. Sí existen un mayor número de páginas en inglés. Como @blakerobbo, que lucha contra el sexismo.  Ó como @Kommentary que se dirige directamente a los hombres en su crítica sobre este suceso. O, también, @remakingmanhood, que aporta actitudes que ayudan a los hombres a reaccionar ante el sexismo. 
El resto de personas que denuncian esta tendencia son, en su gran mayoría, mujeres. 
Así que, no todos los hombres, efectivamente, pero son siempre hombres. Y si son siempre hombres hay algo en nuestra sociedad que falla. El silencio es siempre cómplice. Ayudaría que los hombres se manifestaran en contra de esta situación alto y claro.
Porque como muchas otras mujeres, yo me pregunto: ¿Por qué tengo que ir con un spray de pimienta en el bolso? ¿Por qué tengo que mirar por encima del hombro si oigo pasos al volver a casa de noche? ¿Por qué me recomiendan clases de defensa personal? ¿Por qué tengo que vigilar dónde dejo mi copa en un bar? 
Esto no es una lucha de géneros. Esto no es una batalla de mujeres contra hombres. Al revés, os estamos pidiendo ayuda, apoyo, auxilio. No podemos más. Nos están violando, acosando y matando una a una.

62 millones de visitas.
62.
¿Cuántos millones más de visitas a la "academia global de violación" hacen falta para que se tome esta lacra en serio?

Hace poco vi un vídeo en instagram en el que un reportero planteaba la siguiente pregunta a mujeres: "¿A quien elegirías en caso de quedarte atrapada en un bosque: a un oso o un hombre?" La mayor parte de las mujeres escogió (para sorpresa de pocas), el oso.

Pues eso, no todos los hombres, pero...

Sunday, 19 April 2026

La belleza del Ozempic


"El mito de la belleza siempre autoriza un comportamiento, no una apariencia". 
Naomi Wolf, El mito de la belleza

Queridas y queridos, escribo con rabia, con pena y, sobre todo, con mucha frustración. Me enervo como mujer perteneciente a una sociedad que dicta unas reglas que me confunden, que no entiendo y que, ante todo, me cuestan seguir. 
Mi pregunta es: ¿en qué quedamos, señores? - y me dirijo al público masculino porque, a fin de cuentas, estamos en un patriarcado que dicta todo lo que hacemos las mujeres... cómo nos tenemos que mover, cómo vestirnos, cómo sonreímos, cómo hablamos y, por supuesto, cómo comemos y cómo debe ser nuestro físico. 
Estoy hasta el mismísimo farolillo. He pasado por todas las fases posibles...primero teníamos que estar híper delgadas, luego con curvas exageradas, más tarde que viva el "positivismo del cuerpo" y, ahora, por lo visto, de nuevo raquíticas. Qué digo raquíticas, invisibles. Cada vez que hay una alfombra roja veo, con horror, cómo esa o aquella actriz desaparece, de la noche a la mañana, ante mis ojos. Consumida como una flor marchita. Pómulos imposibles, clavículas que sobresalen picudas, brazos que parecen van a partirse en dos como si fueran un kit kat. Una tras otra conforman una fila eterna de mujeres que se asemejan cada vez más a "La novia cadáver" burtoniana. Y yo, mientras tanto, luchando por no dejar salir a mi desorden alimenticio de nuevo, porque quiere jugar, quiere saber qué está pasando ahí afuera...
¿Pero qué coño estamos haciendo? ¿A qué carajo estamos jugando? ¿Y qué mierdas hago yo ahora?
¿Me pincho, me vuelvo anoréxica de nuevo, me subo a la stairmaster hasta vomitar el bazo o me comparo con cada mujer que me cruzo por la calle?
Porque la belleza es una pirámide, no nos engañemos. Lo que vemos ahí arriba, en la cúspide, va bajando a la base a velocidad hipersónica. 
Esto es el ciclo sin fin de la supuesta "belleza".
Ver a mujeres que antes eran fuertes, positivas, ejemplo, a mis ojos, de muchas, se convierten de un día para otro en la sombra de lo que fueron. Posan y sonríen bajo la atenta mirada de los flashes. Dicen que nunca en la vida han sido más felices, afirman que les ha cambiado la vida, que lo hacen por su pareja o por sus hijos...pero detrás hay una epidemia. No es un caso aislado. No son un par de mujeres. No. Cada vez son más. Se multiplican como gremlins. Y la que se había puesto culo y tetas, ahora se los quita. Porque ya no está de moda. Porque ahora tenemos que ser putos palos de chupa chups. Porque ahora que cualquier hija de vecina se puede pinchar...¿por qué tú sigues siendo gorda? 
¿Eres una vaga? ¿Eres pobre? ¿Eres tonta?
En el Reino Unido, por el módico precio de 80 libras al mes (más o menos) logras la droga milagrosa sin médicos, sin pruebas, de internet directamente a tu buzón. Como si fuera un top de Shein.
Montémosnos pues todas en el carro de la locura y la sinrazón.
Porque no estoy hablando de adelgazar por salud. No estoy hablando de esa mujer que tiene que perder treinta kilos o más. Sino de la que quiere perder cinco. O, simplemente, de la que no tiene nada que perder y aún así lo usa. No estoy tratando de ser la gorda orgullosa. Ni una revolucionaria, reivindicativa de los kilos. No soy abanderada de nada.
No.
Quiero ir más allá. Quiero saber el por qué.
El por qué del poder sobre las mujeres que conlleva esta delgadez extrema. Una mujer hambrienta, no de éxitos, sino de carbohidratos. Una mujer frágil y delicada. Y es que "la fijación cultural de la delgadez femenina no es una obsesión sobre la belleza femenina, sino una obsesión sobre la obediencia femenina" (Naomi Wolf, El mito de la belleza). 
No es la primera vez que pasa, ni será la última.
Las mujeres vivimos en un círculo vicioso que se retroalimenta de ideas vacuas sobre la belleza. 
Vamos en busca constante de unas necesidades que no existen y, peor aún, varían al ritmo de la bolsa. La del Mercadona no, la del IBEX 35. 
Todo, absolutamente todo, en el cuerpo de una mujer es "mejorable".
Por la mañana, lo primero a la ducha. Hay que pasarse el guante de crin con el exfoliante por todo el cuerpo ensañándose en los muslos hasta casi hacerlos sangrar, que ya sabemos que la piel de naranja es el peor enemigo de una mujer. Después, el champú especial para pelo teñido porque diosbenditodemivida que una tenga una cana, luego el aceite de jojoba y, para acabar, la mascarilla. Entre pitos y flautas has perdido ya una hora de tu vida.
Luego el maquillaje. Indispensable. Si no, una corre el riesgo de que Nicolás, el de marketing, te diga nada más verte que qué mala cara tienes cuando él ha tardado literalmente diez minutos en arreglarse esa mañana.
No, HAY que maquillarse. Si ya vienes con pestañas postizas añadidas, mejor que mejor. Y ya si te has hecho el láser por todo el cuerpo, mini puntos para ti. Porque tú tienes que parecer una Barbie, claro, pero Nicolás puede ir hirsuto como King Kong, chimpón
Luego las braguitas que vayan a juego con el sujetador, "no sea que acabes en urgencias y te tengan que desnudar y vayas como una pordiosera", me decía mi abuela.
Pero detengámonos en el sujetador, ese monstruo digno de cualquier película de terror. Ese bicho torturador de axilas, de entre las tetas y de morcillas de la espalda. Las mujeres en los 70 no quemaron sujetadores por casualidad, señores, son armas de destrucción masiva.
Luego hay mujeres que tienen que ponerse tacones para trabajar. Repito, TIENEN que ponerse tacones. No tengo más que añadir sobre este tema, señoría.
Así que pásate el día con el sujetador metiéndose por el sobaco, los pies con sabañones y arreglándote cada dos por tres las medias porque te las subes hasta que te cortan la respiración.
Nicolás va al curro en vaqueros, camisa y Converse.
¿Y a la noche? Pues a seguir "corrigiendo" desperfectos. ¡Esto es un trabajo twentyfourseven! Para empezar, papada no, por favor, compra mejor un reductor de barbilla para dormir. Muy cómodo. ¡Ah!, y también luchemos contra la ley de la gravedad, duerme con el nuevo sujetador especial, no vaya a ser que los pechos te vayan a llegar a los pies. Y ya que estás de camino a la cama te llevas el parche bucal para que no ronques. ¡Una mujer que ronca! ¿Dónde se habrá visto semejante despropósito? ¡Ah!, y sobre todo, ponte la crema anticelulítica en los muslos, el serum para la bolsa de los ojos, y la hidratante en la cara, a no ser que quieras aplicarte primero una mascarilla de pepino y aceite de aloe vera, por supuesto. Y ya, cuán Tutankamón, a tomarse el lorazepam y a ponerse la férula para evitar el bruxismo, porque con tanto corrector, potingue y reductor estás con la ansiedad por las nubes y los dientes que te bailan claqué. 

Esto es, a grosso modo, a lo que se enfrentan muchas mujeres TODOS los putos días de su vida.
Ahora, señores, añadamos la nueva moda de la delgadez extrema, las caras de besugo, los cuerpos etéreos como plumas, las pupilas dilatadas y las miradas distantes...porque, no nos engañemos, sobrellevan una carga social y política muy clara: nos quieren calladas, pequeñas, controladas.
Eso sí, todas (en efecto, uso el femenino única y exclusivamente) sabemos que esto cambiará. Aunque ahora no lo parezca, todas nos convertiremos en sílfides y entonces un señoro con muchos billones de billones sentado en una silla de cuero desde su penthouse con vistas a Central Park, se preguntará, "¿no están demasiado delgadas? Habrá que inventar algo para ganar más dinero, ¿no?"
Y mientras ese señoro piensa y dilucida cómo jodernos, yo me pregunto:

¿En qué coño quedamos?

Sunday, 12 April 2026

Días de cine 1.) Actores


 Queridas y queridos, como diría Antonio Gasset "Días de cine, un programa dedicado a entretener a víctimas del insomnio, noctámbulos, parejas en crisis, politoxicómanos, e incluso algún aficionado al cine, está a punto de comenzar".

Pues comencemos...

Qué nos gusta un marujeo. Es intrínseco en el ser humano. Ese cotilleo, esa historia que nadie más que tú sabe, ha de ser compartida, verbalizada, si no, es como si no hubiese ocurrido. Como gritar a la nada.
Durante mucho tiempo me he contenido. Muchos me habéis preguntado y yo, como buena profesional que soy, he dicho "lo siento, no puedo. Algún día"...
Pues ese día ha llegado. No sé si será por este paro laboral interminable que me está sacando de mis casillas. O si será porque es una forma de no desvincularme de mi sueño.
El caso es que, queridas y queridos, ya no puedo más. 
Empecemos con el primer capítulo de esta trilogía...los actores:

Érase una vez una auxiliar de dirección de cine más verde que la clorofila. Tras verse encajonada en el maravilloso mundo del catering durante años, por fin consiguió su primer contrato en una película. La muchacha tenía que pellizcarse cada vez que entraba en los estudios con su cochecillo de tercera mano al amanecer. 
Para más inri le dieron las llaves de un carrito de golf para moverse por los estudios, llevar a cabo recados y, en ocasiones, llevar a los actores al set. 
Los actores...
Madre mía, podría hacer un blog solo sobre ellos (de hecho algo ya he escrito...).
Pero vamos a centrarnos. El caso es que esta película en cuestión contaba con un reparto joven, lozano, inexperto...vamos, unos teenagers. Casi todos chicos. Si hoy mismo me dan a elegir entre tener que "cuidar" a seis chavales de dieciocho años, o que me quiten las uñas una a una, me lo pensaría.
No paraban. Con la testosterona montada en una montaña rusa, no había día que no la liasen parda. Era como meter a un elefante en una cacharrería. De ahí una no salía ilesa.
Y, efectivamente, lo pude vivir en carne propia.
Un día, los chavales en cuestión esperaban a ser llamados al set en las escaleras de sus trailers. Más aburridos que un bocadillo de mortadela, pasaban las horas como podían.
Entra Paula.
Acabados mis recados con el carrito de golf, lo aparco frente a ellos y me paro, educadamente, a charlar un poco. 
A la que uno, el cabecilla obviamente, me dice, "Paula, ¿me dejas llevar el carrito de golf?". Yo, inocente de mí, le dije, "Bueno, pero por aquí y yo de copiloto", pensando que eso sería mucho menos catastrófico.
Como si yo fuera presa y él mi cazador, sonrió en cuanto le di las llaves. "¡Chicos, que nos vamos a dar una vuelta!". 
En un intento desesperado por parecer autoritaria, empecé a gritar que no con muchos aspavientos. Pero era demasiado tarde. Ya tenía a cinco de ellos apelotonados en la parte de atrás y al cabecilla arrancando.
Obviamente, no era un Ferrari. No es que saliésemos despedidos como balas. Pero hay que tener en cuenta que el límite de velocidad en el estudio era de diez kilómetros por hora y nosotros íbamos a veinte...pues como si fuéramos en un Porsche por autopista.
¿Lo que más les gustaba? Los baches y las rotondas, cómo no.
Una servidora chillando como una posesa, mientras los chavales se descojonaban lanzando un "yupiiiiii" a cada bache, a cada giro. Un cuadro.
De pronto, en la lejanía, intuyo una figura con los brazos cruzados. Cuanto más nos acercamos, más se me ponen de corbata.
Mi jefe, el segundo ayudante de dirección, nos observa mientras derrapamos hacia él. Otro "yupiiiiii".
Él, con rictus serio, me mira, se lleva el índice a la garganta y la recorre de izquierda a derecha.
O paro o me la cargo, vamos.
El que conduce ve el percal y, a la velocidad permitida, aparca lo más suave que puede mientras los demás aguantan la risa como pueden.
- "Paula, a mi oficina", mi jefe me ordena.
A lo bajini le digo a los chicos, "os mato".
Cuando entro me cae la de dios. Que si me llegan a ver los productores, que si nos llega a pasar algo. 
Yo pido perdón y le doy la razón en todo. Porque la tiene.
Cuando, de pronto, se empieza a reír. Pero a carcajada limpia.
¿Perdona?
"Si al menos no fueseis gritando como unos locos por delante de la ventana de mi oficina...".
Asiento y le doy la razón.

En ocasiones, no es fácil delimitar la línea que separa el colegueo con los actores de la amistosa profesionalidad.

He visto auxiliares de dirección fumando porros con algún actor, irse de copas, hacerse fotos en el set, pedir autógrafos. Y vosotros diréis, que majos los actores, ¿no? Sí, si. Pero ya verás qué rápido se vuelven las tornas. La amistad con los actores es, digamos, complicada. Hay que saber dónde poner límites porque, a fin de cuentas, no deja de ser un trabajo. Ya sé que muchos diréis "Buuuuuu, ¡aburrida!" Pero claro, a veces los actores se pueden tomar demasiadas confianzas y, de pronto, por ejemplo, desaparecer. Literal y físicamente. Y una no puede perder a un actor. Repito y con mayúsculas, NO puede perder al actor. La mayoría te dice a dónde va. "Paula, voy al baño". Tu suspiras con alivio. Pero hay otros...otros se aburren y se dedican a "jugar" con el auxiliar al escondite. Y pongo "jugar" entre comillas porque el actor se lo pasa de puta madre, pero el auxiliar se hace literalmente caca de solo pensar que llamen por radio al actor y lo haya perdido. Eso es lo que le pasaba a menudo a una compañera que fue nombrada auxiliar de dirección para el reparto. O sea, canguro de los actores. Uno de ellos, actor conocido al que no nombraré se dedicaba a eso, a desaparecer. Le llamábamos "Houdini". Así que, bastante a menudo, mientras tú te dedicabas tranquilamente a tus quehaceres, ella entraba en el estudio con los ojos fuera de las órbitas y como si le persiguieran los "dementores" de Harry Potter y te gritaba histérica..."¿Has visto a 'Houdini'?" "Nop" "Joder, ya lo he perdido otra vez". Y salía corriendo por donde había venido. Así durante cuatro meses, que se dice pronto.

Hemos endiosado a los actores, y se nos olvida que son humanos. Que tienen sus inseguridades y, aunque no lo podamos ver, de vez en cuando, hasta se comportan como todo hijo de vecino.
Como aquel día que me di un par de bailes con ese actor tarantiriano porque me pilló cantando. O cuando enseñé a cierta actriz que viste de Prada a decir "no tengo el chichi para farolillos" y lo soltó en pleno discurso emocional de fin de rodaje. O determinado actor que luchó por aquel famoso trono y que acabó abrazándome porque unas fans me hicieron EL spoiler del siglo. E incluso esa actriz...qué digo, LA actriz británica por antonomasia, que acabó grabando un video conmigo para mi madre en español. Por lo visto había aprendido el idioma gracias a nuestro actor español más internacional. Ahí lo dejo... 
Pero no nos engañemos, algunos actores también la lían pardísima y saben que el equipo somos los guardianes de sus más íntimos secretos.
Nunca, en la vida, contaré cuando aquel actor famoso de los ochenta le dio por hacerse enemas de café semanales y dejaba el camerino como Charlie y la fábrica de chocolate. Jamás relataré aquello de esa actriz, ganadora de un Oscar que, consciente de lo desagradable que era ella con el equipo, no aceptaba bebidas ni comida de nadie que no fuera su ayudante personal por si le dejaban un "regalo" en el refresco. Tampoco contaré cómo un equipo de setenta personas tuvimos que esperar unas tres o cuatro horas diarias durante seis meses a que el actor principal - tan aparentemente cool y terrenal - se dignase a presentarse en el set porque andaba jugando a la play. Nunca, nunca, nunca relataré cómo una actriz paró por completo un rodaje porque tenía que hablar con su marido, del cual se estaba divorciando. Jamás confesaré que se prohibió terminantemente pasar por los camerinos porque ella estaba en plena llamada transatlántica. Y por supuesto no admitiré que se me olvidó por completo y me la crucé en plena discusión con el susodicho. El segundo ayudante de dirección casi me aniquila con la mirada.
Vamos, ya digo, mis labios están sellados...

Los actores son, a fin de cuentas, seres frágiles Si nos paramos a pensarlo por un momento, nos daremos cuenta que se exponen ante el equipo, la lente y el mundo entero. Hay que estar hecho de una pasta especial para dejarse el alma y la piel en el momento que oyen "acción" y ser capaces de volver a su ser cuando escuchan "corten".
Muchos viven en una burbuja tan enorme que alguno incluso no sabe ni sacar dinero con una tarjeta. O pagar una factura. O coger el transporte público. No lo han hecho en la vida. Pero, de vez en cuando, muy de vez en cuando, la reina de corazones se gira, te mira, te guiña un ojo y vuelve a la escena como si nada y eso... eso es oro, queridas y queridos.