"El mito de la belleza siempre autoriza un comportamiento, no una apariencia".
Naomi Wolf, El mito de la belleza
Queridas y queridos, escribo con rabia, con pena y, sobre todo, con mucha frustración. Me enervo como mujer perteneciente a una sociedad que dicta unas reglas que me confunden, que no entiendo y que, ante todo, me cuestan seguir.
Mi pregunta es: ¿en qué quedamos, señores? - y me dirijo al público masculino porque, a fin de cuentas, estamos en un patriarcado que dicta todo lo que hacemos las mujeres... cómo nos tenemos que mover, cómo vestirnos, cómo sonreímos, cómo hablamos y, por supuesto, cómo comemos y cómo debe ser nuestro físico.
Estoy hasta el mismísimo farolillo. He pasado por todas las fases posibles...primero teníamos que estar híper delgadas, luego con curvas exageradas, más tarde que viva el "positivismo del cuerpo" y, ahora, por lo visto, de nuevo raquíticas. Que digo raquíticas, invisibles. Cada vez que hay una alfombra roja veo, con horror, cómo esa o aquella actriz desaparece, de la noche a la mañana, ante mis ojos. Consumida como una flor marchita. Pómulos imposibles, clavículas que sobresalen picudas, brazos que parecen van a partirse en dos como si fueran un kit kat. Una tras otra conforman una fila eterna de mujeres que se asemejan cada vez más a "La novia cadáver" burtoniana. Y yo, mientras tanto, luchando por no dejar salir a mi desorden alimenticio de nuevo, porque quiere jugar, quiere saber qué está pasando ahí afuera...
¿Pero qué coño estamos haciendo? ¿A qué carajo estamos jugando? ¿Y qué mierdas hago yo ahora?
¿Me pincho, me vuelvo anoréxica de nuevo, me subo a la stairmaster hasta vomitar el bazo o me comparo con cada mujer que me cruzo por la calle?
Porque la belleza es una pirámide, no nos engañemos. Lo que vemos ahí arriba, en la cúspide, va bajando a la base a velocidad hipersónica.
Esto es el ciclo sin fin de la supuesta "belleza".
Ver a mujeres que antes eran fuertes, positivas, ejemplo, a mis ojos, de muchas, se convierten de un día para otro en la sombra de lo que fueron. Posan y sonríen bajo la atenta mirada de los flashes. Dicen que nunca en la vida han sido más felices, afirman que les ha cambiado la vida, que lo hacen por sus hijos...pero detrás hay una epidemia. No es un caso aislado. No son un par de mujeres. No. Cada vez son más. Se multiplican como gremlins. Y la que se había puesto culo y tetas, ahora se los quita. Porque ya no está de moda. Porque ahora tenemos que ser putos palos de chupa chups. Porque ahora que cualquier hija de vecina se puede pinchar...¿por qué tú sigues siendo gorda?
¿Eres una vaga? ¿Eres pobre? ¿Eres tonta?
En el Reino Unido, por el módico precio de 80 libras al mes (más o menos) logras la droga milagrosa sin médicos, sin pruebas, de internet directamente a tu buzón. Como si fuera un top de Shein.
Montémosnos pues todas en el carro de la locura y la sinrazón.
Porque no estoy hablando de adelgazar por salud. No estoy hablando de esa mujer que tiene que perder treinta kilos o más. Sino de la que quiere perder cinco. O, simplemente de la que no tiene nada que perder y aún así lo usa. No estoy tratando de ser la gorda orgullosa. Ni una revolucionaria, reivindicativa de los kilos. No soy abanderada de nada.
No.
Quiero ir más allá. Quiero saber el por qué.
El por qué del poder sobre las mujeres que conlleva esta delgadez extrema. Una mujer hambrienta, no de éxitos, sino de carbohidratos. Una mujer frágil y delicada. Y es que "la fijación cultural de la delgadez femenina no es una obsesión sobre la belleza femenina, sino una obsesión sobre la obediencia femenina" (Naomi Wolf, El mito de la belleza).
No es la primera vez que pasa, ni será la última.
Las mujeres vivimos en un círculo vicioso que se retroalimenta de ideas vacuas sobre la belleza.
Vamos en busca constante de unas necesidades que no existen y, peor aún, varian al ritmo de la bolsa. La del Mercadona no, la del IBEX 35.
Todo, absolutamente todo, en el cuerpo de una mujer es "mejorable".
Por la mañana, lo primero a la ducha. Hay que pasarse el guante de crin con el exfoliante por todo el cuerpo ensañándose en los muslos hasta casi hacerlos sangrar, que ya sabemos que la piel de naranja es el peor enemigo de una mujer. Después el champú especial para pelo teñido porque diosbenditodemivida una tenga una cana, luego el aceite de jojoba y para acabar la mascarilla. Entre pitos y flautas has perdido ya una hora de tu vida.
Luego el maquillaje. Indispensable. Si no una corre el riesgo de que Nicolás, el de marketing, te diga nada más verte que qué mala cara tienes cuando él ha tardado literalmente diez minutos en arreglarse esa mañana.
No, HAY que maquillarse. Si ya vienes con pestañas postizas añadidas, mejor que mejor. Y ya si te has hecho el láser por todo el cuerpo, mini puntos para ti. Porque tú como una muñeca Barbie claro, pero Nicolás puede ir hirsuto como King Kong, chimpón.
Luego las braguitas que vayan a juego con el sujetador, "no sea que acabes en urgencias y te tengan que desnudar y vayas como una pordiosera", me decía mi abuela.
Pero detengámonos en el sujetador, ese monstruo digno de cualquier película de terror. Ese bicho torturador de axilas, de entre las tetas y de morcillas de la espalda. Las mujeres en los 70 no quemamos sujetadores por casualidad, señores, son armas de destrucción masiva.
Luego hay mujeres que tienen que ponerse tacones para trabajar. Repito, TIENEN que ponerse tacones. No tengo más que añadir en este tema, señoría.
Así que pásate el día con el sujetador metiéndose por el sobaco, los pies con sabañones y arreglándote cada dos por tres las medias porque te las subes hasta que te cortan la respiración.
Nicolás va al curro en vaqueros, camisa y Converse.
¿Y a la noche? Pues a seguir "corrigiendo" desperfectos. ¡Esto es un trabajo twentyfourseven! Para empezar, papada no por favor, compra mejor un reductor de barbilla para dormir. Muy cómodo. Ah, y también luchemos contra la ley de la gravedad, duerme con el nuevo sujetador especial, no vaya a ser que los pechos te vayan a llegar a los pies. Y ya que estás de camino a la cama te llevas el parche bucal para que no ronques. ¡Una mujer que ronca! ¿Dónde se habrá visto semejante despropósito? Ah y antes de todo, ponte la crema anticelulítica en los muslos, el serum para la bolsa de los ojos, y la hidratante en la cara, a no ser que quieras aplicarte primero una mascarilla de pepino y aceite de aloe vera, por supuesto. Y ya, cuán Tutankamón, a tomarse el lorazepam y a ponerse la férula para evitar el bruxismo, porque con tanto corrector, potingue y reductor estás con la ansiedad por las nubes y los dientes que te bailan claqué.
Esto es, a grosso modo, a lo que se enfrenta una mujer de a pie TODOS los putos días de su vida.
Ahora, señores, añadamos la nueva moda de la delgadez extrema, las caras de besugos, los cuerpos delicados como plumas, las pupilas dilatadas y distantes...que, no nos engañemos, tienen detrás una carga social y política muy clara...Nos quieren calladas, pequeñas, controladas.
Eso sí, todas - y sí, uso el femenino única y exclusivamente - sabemos que esto cambiará. Aunque ahora no lo parezca. Todas nos convertiremos en sílfides y entonces un señoro con muchos billones de billones sentado en su silla de cuero desde su penthouse con vistas a Central Park, se preguntará, "¿no están demasiado delgadas? Habrá que inventar algo para ganar más dinero, no?"
Y mientras ese señoro piensa y dilucida cómo jodernos, yo me pregunto:
¿En qué coño quedamos?
8 comments:
Paula, eres un crack. Escribes muy bien. Me ha encantado el blog. Un beso fuerte
Mil gracias!!!!! 💚💚💚💚
Me encanta!
Gracias!!! ☺️
¡Mucha razón! No aprendemos...
Gracias!! 🙂
Que bien escribes !!!
Muchas gracias!! 😊
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