Ahora, lo que de verdad está de moda es la sertralina. Bueno, y el lorazepam. Todo para que te levantes bailando Bad Bunny y te acuestes tarareando Chopin. Es lo que tiene la mente, y el cuerpo, claro. En ocasiones necesitan ayuda y yo necesito mucha.
Cada mañana, la rutina.
El pantoprazol en ayunas. Después de desayunar y con el café, el plato fuerte. Primero el antidepresivo. Le siguen la pastilla para el colesterol, la tiroides, la tensión y, de remate, el antipsicótico. Y el ansiolítico, de noche. ¡Olé!
En este caso, el orden de los factores sí altera el producto.
No te meten siete pastillas de golpe, claro. No eres una tragaperras. Al menos al principio.
El proceso es lento y diría que hasta doloroso. Porque no quieres ingerir cantidades ingentes de droga. Pero la vida, como todo, se te complica.
Tampoco me voy a poner intensa. En parte porque me acabo de tomar las pastillas y estoy de subidón.
Qué recuerdos aquellos años cuando las drogas eran solo un pasatiempo. Un instante de euforia desaforada en medio de una pista de baile con los ojos cerrados. Ahora no puedo ni beber. No voy a mentir, alguna margarita que otra cae de vez en cuando. El pedo, os digo, monumental. La resaca, un martillo constante contra la cabeza.
Para los curiosos, todo empezó en Londres a los tres años de llegar. Inmersa en el mundo de la hostelería, muy a mi pesar, me levantaba con taquicardias cada madrugada. No podía dormir, pensar, ser. Decidí ir al médico y me prescribió la sertralina en cuanto entré en la consulta. Pero no solo necesitaba un antidepresivo. Lo que me pedía el cuerpo era un lorazepam. Sin embargo, en el Reino Unido son más agarrados que el velcro con los ansiolíticos. Así que a pan y agua durante varios años. Claro, fui a peor, incluso trabajando ya en películas, mi sueño. Me subía por las paredes. Hasta que volví a España un día e implosioné.
Pasé cuatro años en Coruña a base de fármacos que, por fin, ayudaban mi ansiedad. Incluido el antipsicótico porque, literalmente, se me iba la pinza. A todo esto, mi madre pegada a mí como un chicle. Y menos mal, no sé qué hubiese hecho si no.
Saqué la cabeza de la madriguera para trabajar en un rodaje en Canarias. Tras tres días con un altavoz pegando berridos a trescientos extras, me subió la tensión y me dio un jari. ¿Conocéis el juego en el que salen las ardillas de los agujeros y tienes que darles con un mazo en la cabeza? Pues a mi me "dieron" en toda la almendra. Estuve de baja unos días y empecé con el Enalapril. Venga, otro medicamento para el pastillero.
Una vez de vuelta a Coruña análisis de sangre. ¡Han cantado bingo! Una cápsula para el colesterol y otra para la tiroides. Añadamos un pantoprazol para que no me estalle el estómago con 40 años.
Y ya tenemos la lista completa.
Sacar la retahíla de medicamentos delante de un desconocido o de alguien que no sabe, no conoce, es interesante. Los ojos se les van abriendo dramáticamente cuantas más pastillas tomo. Alguna o alguno se atreve a preguntar si voy a estar así toda la vida. Y siempre digo lo mismo, "no sé". Esa es, con sinceridad, la única respuesta que tengo. No tengo ni idea. Ojalá tuviese una bola de cristal. No lo hago por gusto, como es obvio. No me tomo las píldoras a ritmo de David Guetta, sino porque no puedo funcionar. Mi cerebro se ha roto y la medicación lo recompone poco a poco.
No estoy sola. En las últimas estadísticas de 2022, España es el tercer país consumidor de antidepresivos de la Unión Europea solo por detrás de Portugal y Suecia. ¡Vamos que nos vamos! Además, las mujeres, cómo no, consumen con mucha más frecuencia que los hombres (entre 1,5 y 3 veces más) dependiendo de la edad.
Aparte de los problemas personales, esta sociedad es ansiosa por naturaleza. Todo lo queremos ya. Cada persona es una minúscula partícula en medio de un maremágnum de estímulos externos. Las redes, el trabajo, la casa, los niños, el colegio de los niños, el comedor de los niños, las actividades extraescolares de los niños, el dinero, la pareja, la religión, la familia, la sanidad, la moda, las guerras, la política, la pobreza, las presiones sociales, Trump, Netanyahu, Putin y la madre que los parió a todos, la polución, la flotilla, los animales en extinción, los asteroides...¡Jesús, qué agobio! Y eso que no tengo hij@s...
No nos extrañe luego que cada vez más gente necesite drogas, estamos a punto de explotar. Además, no hay tiempo para tratar a los pacientes en condiciones: pastilla y a casa. Meses de espera para un psicólogo. Si tienes pasta, uno privado. Para cuando te logran atender puede que estés en las últimas.
Así que, insisto, "no sé". No sabemos. Dudamos. Tenemos esperanza de ser libres algún día. De romper con una rutina que, en el fondo, nos esclaviza. De poder despertar, ducharnos y salir a la calle sin atiborrarnos a píldoras. De no ser una puta montaña rusa de emociones. De tener estabilidad. Seguridad. Amor por nosotr@s mism@s.
¿Somos capaces?
Todavía no lo sé.
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