Queridas y queridos, ojú qué calores tengo. Al principio pensé que era el cambio climático. Acaba el invierno, llega la primavera, y Londres a 20 grados. Más calor que un pollo en rotación. Y, me entran los sofocos. Empiezo a sudar como si fuera un sifón. Cuando digo sudar incluyo brazos, sobacos, nalgas y cabeza. Soy un frigo pie que se derrite al sol y tengo que ir con el abanico a todos lados. Cada cinco minutos lo saco en el tren de camino al quiropráctico (¡ah, sí!, tengo la espalda tan rígida que si me caigo, reboto) y le doy una caña (al abanico, no al quiropráctico) que ni una folclórica en misa. Los viajeros miran el móvil así que nadie parece darse cuenta que comienzo a otear al personal y, para mi sorpresa, no solo la gente no suda, sino que llevan jerseys, chaquetas y hasta pañuelos alrededor del cuello. ¡Pero si hace un calor sahariano!
Llega mi parada, me bajo deseando que el aire de la calle me apacigüe un poco. Pero no hay manera. Una vez que empiezo a sudar es difícil pararlo. Los chorretones me caen por la frente. De pronto, paro en seco. ¡Ostras! ¿Cómo voy en este estado al quiropráctico? Que ese hombre me tiene que tocar y masajear como si fuera masa de pan, y yo estoy como pez fuera del agua, resbaladiza y viscosa. Entro en una tienda y me compro un refresco bien frío, pero causa el efecto contrario. Ya pasada la hora de mi cita, me digo que tengo que subir a la consulta como sea. ¿La única solución? Entrar con la sudadera puesta. Cierto es que el muchacho notará menos el sudor, pero cada vez sudaré más.
No hay quien gane.
Kiril, mi quiropráctico, es como un bombón Lindor, está bien bueno. Es un morenazo de Malasia de metro noventa con pelazo Pantene y sonrisa Profident. Tiene, unas manos que son gloria bendita. Este dato puede parecer irrelevante en la historia, pero yo me pongo nerviosísima con él. Sobretodo cuando me coge de los pies y tira de mi para ajustarme la posición. Cada vez que lo hace me sale un "¡uy!" del gustirrinín. Seguro que ya sabe que me gusta. Así que, claro, como es lógico, sudo más.
Entro en la sala y él me espera sonriente, como siempre. Le miro, hago una mueca nerviosa y dirijo mi mirada hacia la camilla. Horror de horrores. De pronto me doy cuenta: la cabecera ya está cubierta de un papel desechable, como medida higiénica. Joder, joder, joder, que ahí tengo que poner la almendra. Al notar mi reticencia a tumbarme, Kiril hace un gesto con la mano y me invita a hacerlo galantemente. Pues nada, allá que voy. Primero me toca boca arriba. Noto cómo el pelo, ya empapado, moja sin piedad el fino y delicado papel. Kiril me habla pero yo no estoy. He desaparecido. No le escucho. Mi única preocupación es el mejunje que noto en la cabeza.
De pronto, me da un toque en el hombro. "Paula, ¿te pones boca abajo?". Estoy segura de que me ha hecho la pregunta más de una y dos veces. "¿Mmm? ¡Ah, sí , sí claro!", respondo. Me doy la vuelta como si fuera un camarón a la brasa y, horror, ahí está el papel empapado con mi sudor. "¿Tienes calor?", me pregunta Kiril. "Un poco", contesto con un hilito de voz más roja que una frambuesa. Él cambia el papel por uno nuevo y apoyo mi cara sudorosa. De nuevo, él habla, pero yo no dejo de pensar que hubiera sido mejor quitarme la sudadera. Ahora ya es demasiado tarde. "Bueno, pues ya estás", me comenta Kiril con esa voz (imagino) de surfero malasio. Me levanto y ahí está, como si fuera la Sábana Santa, mi careto impreso en el papel.
Quiero meterme bajo la camilla y no salir nunca más.
Así fue cómo me di cuenta de que esos sudores no eran ni medio normales. Sin dudarlo, abanico en mano, salgo de la consulta corriendo ante la cara de estupefacción de la recepcionista. Pongo un pie en la calle y ya estoy consultando al chatgpt sobre estos chorretones sobrehumanos. La respuesta no solo es inmediata, sino que es una torta a mano abierta en toda la cara sudada. De repente, términos como "sofocos nocturnos, estrógenos, vello facial, insomnio", y...sonido de tambores...LA palabra: "perimenopausia" asaltan mi pantalla.
¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!
¡Imposible!
- ¡Pero si aún soy joven!
- "Bueno, Pau", me comenta mi occipital derecho, "joven, joven, lo que se dice joven, no eres."
- ¡Tengo amig@s de 35 años!
- "Tienes 46 tacos, bonita, la juventud no es un resfriado, no se pega"
- ¡Aún soy fértil!
- "Para ser exactos te queda un óvulo, y el pobre hace eco desde el útero. Tienes que aceptar la realidad, Pau".
- ¿Y cual es esa?
- "Qué tu cuerpo está en proceso de cambio. Como estornudes fuerte, te harás pis encima. Si no empiezas a hacer pesas, te caerás y te romperás la cadera. Y ya puedes hacerte amiga de las pinzas de depilar porque te van a salir troncos negros en la barbilla."
- ¿Y esto hasta cuando?
- "Pues suele durar de unos 6 a 8 años hasta que deja de bajar la regla"
- ¡Pero eso son 8 temporadas de perimenopausia!"
- "Efectivamente, y esto no es Netflix, es HBO, te las vas a comer una a una"
¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!
Continuará...
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