Queridas y queridos, recuerdo perfectamente cuándo me di cuenta de que quería ser directora de cine.
Fue en el año 2000 durante un curso de guión que hice en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba. Había escrito diarios y cuentos durante toda mi vida y pensé que, ya que adoraba el cine, mi destino sería la composición de guiones.
Mi madre, fan número uno de cualquier manifestación de mi creatividad, me animó a realizar un taller de guión con Lola Salvador. Allá que me fui tres semanas a Cuba a aprender de una de las más grandes guionistas españolas. Al llegar a la escuela, ocurrieron dos sucesos que pueden parecer inconexos, pero que influyeron enormemente en mi futuro.
Por un lado, nos avisaron a los alumnos del curso que Lola Salvador no podría impartir las clases por problemas personales. ¿Su sustituto? Un guionista cubano del que, con toda honestidad, no puedo recordar su nombre. Un señor que, con su voz suave y monótona, aburría a las ovejas.
Por otro lado, e intuyo que por error, en lugar de ponerme de compañera de apartamento con alguien de guión como al resto de mis compañeros, compartí habitación con una alumna del curso de dirección, Elizabeth.
Frente al hastío diario de mis clases de guión, cada tarde Elizabeth me contaba las maravillas de su taller. Cómo rodaban pequeños sketches aprendiendo términos desconocidos para mí como el raccord, el salto de eje o el plano secuencia. Mientras yo contaba los minutos para poder escapar de mi aula, ella vivía el cine desde dentro.
Harta de mis quejas, Elizabeth me "invitó" a su clase. De "estrangis" me metí en el aula y me senté en la última fila. El profesor me miró extrañado, pero me ignoró. Comenzó su explicación sobre la dirección de actores y fue como descubrir un mundo nuevo de luz y color. Todo me interesaba. Yo era una esponja y el cine era mi agua.
Por fin podía entender la teoría, los conceptos, los trucos detrás de la magia. Fue una maravillosa revolución. Quedé enganchada en los primeros cinco minutos.
Desde ese día, asistí a todas las clases de dirección. El profesor siguió haciéndose, muy conscientemente, el loco. Sobretodo cuando empecé a colaborar en las prácticas de sus alumnos sin permiso alguno. De lo que fuera, como fuera. Si había que ayudar con el vestuario, ahí estaba Paula aguja e hilo en mano. Si había que rebotar la luz, ahí estaba Paula con un "sticko". Enseguida me hice amiga de todos los alumnos de dirección y acudía a sus reuniones en vez de a las mías, las de guión.
Las tres semanas pasaron en un suspiro. En el taxi, de vuelta al mundo real, un proyector imaginario reproducía una y otra vez, las imágenes del viaje que no podía quitar de mi mente. No solo había descubierto que me quería dedicar al cine, sino que, quería ser directora de cine.
No sé muy bien por qué, pero en ningún momento me planteé que entonces ser directora fuera revolucionario. No fui muy consciente de las pocas directoras que existían en la historia del cine hasta que quise convertirme en una. Me di cuenta de que el camino no solo iba a ser complejo, sino casi imposible. Conté el número de directoras de cine en España que conocía y cabían en una mano: Isabel Coixet, Icíar Bollaín, Gracia Querejeta y Pilar Miró .
Pero el virus del cine ya había entrado en mí hace tiempo y era difícil ignorarlo.
Tras siete años de tortura académica (que no festiva) conseguí licenciarme en Filología Inglesa por la Universidad de Salamanca. Diploma en mano, grité a los cuatro vientos que ya había cumplido con lo que se esperaba de mí y era libre para perseguir lo que realmente deseaba, la dirección cinematográfica.
En 2005 entré en la Escuela de Cine y Televisión de Madrid (ECAM) tras dos intentos y, aunque no terminé la diplomatura, por primera vez, comía, dormía y respiraba cine. Exploré clásicos españoles como Buñuel, Berlanga o Saura. Descubrí los cines Doré de Madrid con una proyección de Nosferatu de Murnau que contaba con música de piano en directo. Aprendí el argot necesario para desenvolverme en un rodaje. Creé guiones, historias, personajes (que señores mayores fumando puros deshechaban sin piedad). Pero, sobre todo, descubrí que había más directoras de cine españolas que desconocía por completo. Como por ejemplo, Ana Díez y Patricia Ferreira - a quien tuve la suerte de tener como profesoras - Josefina Molina, Cecilia Bartolomé, Daniela Fejerman o Inés Paris. En mi clase de dirección éramos tan solo dos mujeres de doce alumnos que entramos ese año a primero. Y se notaba. El tufo heteronormativo masculino apestaba. Una de las primeras preguntas de uno de mis "compañeros" fue si era lesbiana. Supongo ser directora de cine incluso en el nuevo milenio seguía unido a un sentimiento masculino alpha.
A día de hoy sigo pensando que el cine es, en muchas ocasiones, una pelea de penes. O un concurso de a ver quién mea más lejos. Según cómo se mire. El cine intimista y personal se adjudica al cine femenino única y exclusivamente. O gay. Pero directoras como Patty Jenkins (Wonder Woman) o Kathryn Bigelow (Le llaman Bodhi o En tierra hostil, siendo esta la primera mujer en ganar un Oscar a mejor dirección), entre otras, han demostrado que el cine de acción no está reservado para hombres.
No hay un cine de mujer, hay cine dirigido por mujeres. Punto.
La dirección cinematográfica no debería tener género. Es guiar a un equipo hacia un mismo objetivo. Es tener una visión y ser capaz de que los demás la entiendan y la hagan realidad. No es solo sentarse con unos cascos frente a un monitor y gritar "¡ACCIÓN!". Es mucho más . Dirigir es aconsejar a tus actores, llevarlos, de algún modo, a tu terreno. A tu universo personal. Igual que al resto del equipo. Eres la capitana, capaz de exprimir el talento de tu equipo al máximo. Sin embargo, en ocasiones, también eres grumete y debes dejarte aconsejar por directores de departamento que saben más que tú. Es un juego. De poder y de imaginación. Divertirte siendo otra. Crear mundos y personajes que hacen y dicen lo que quieres expresar. Porque dirigir es tu idioma. No sabes hablar otro.
Después de la escuela de cine de Madrid vino la ayudantía de dirección en Londres donde contribuí a que otros directores lograran cumplir sus visiones. De esto, otro día...
Pero, ¿y mi propia visión?
Está ahí. Escondida. Es una luz que no se apaga nunca. Y que está esperando que la haga brillar de nuevo algún día.
"¿A qué esperas?"
No lo sé.
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