Sunday, 31 May 2026

Días de cine 3.) El equipo


Queridas y queridos, el equipo técnico es la columna vertebral del rodaje en una película. Sin embargo, muchas personas desconocen a qué nos dedicamos exactamente. No es de extrañar, habréis comprobado que en cuanto aparecen los títulos de crédito sobre la pantalla, el espectador de a pie, sale del cine como si le persiguiesen. Yo, que tengo menos paciencia que un chinche, aprendí a quedarme diligentemente en la butaca tras la película desde bien pequeña. Mi madre me enseñó que quedarse a ver la lista de gente que había trabajado, no solo era una muestra de respeto, sino que era interesante. Se podía aprender mucho. Así fue cómo se convirtió en una tradición hasta el día de hoy.
Claro que una vez que te quieres dedicar al cine, también te quedas por curiosidad. Y si, más adelante, conoces personalmente a la gente que aparece en los títulos, más razón aún para verlos.

Esté en el país que esté, cada vez que empiezo una película entro a formar parte de una nueva familia disfuncional. Esas personas, en un principio desconocidas, se van a convertir en lo más cercano que vas a tener durante tres meses. En mi caso, el primer y segundo ayudante de dirección serán tus padres, los terceros ayudantes tus hermanos, los auxiliares tus hijos y el resto de equipo tus tíos y tus primos (unos primos hermanos, otros lejanos). Como imaginaréis, al principio todos nos comportamos muy civilizadamente. Pero, al final del rodaje se nota la confianza creada día tras día junt@s y se pueden perder un poco las formas. Tendrás tus personas preferidas y tus "no, por favor, no te acerques a mí ni con puntero láser".
Dentro de cada equipo hay diferentes departamentos y yo, como ayudante de dirección, tengo relación con casi todos ellos.
Tengo que confesaros, que durante todas mis clases de la escuela de cine jamás imaginé que me llevaría tan bien con los eléctricos. Esos (casi todos) hombres blancos hetero normativos son como una manada de lobos. Llegan juntos, trabajan juntos y se van juntos. Socializan, claro, pero cuando empecé a trabajar he de confesar tuve ciertos prejuicios. ¿Qué iba a tener yo, una recién llegada, en común con estos señores que llevaban años, incluso décadas, dedicados a su oficio?
Pues resulta que mucho.
Esos hombres británicos que se alimentan a las cinco de la mañana a base de "English Breakfast" (huevos fritos, morcilla, judías blancas, bacon, salchichas, champiñones y tomate), que toman "builder's tea" (fuerte, fuerte) y que van de un lado a otro con focos de hasta 40 kilos de peso...esos hombres, como digo, les hacía una ilusión incluso casi infantil saber que yo era española. Curiosamente todos saben dónde está Magaluf, Benidorm y Marbella. Todos se han achicharrado vivos bajo la solana de nuestro país. Y todos, absolutamente todos, quieren que sepas el poco español que han aprendido. Desde su vocabulario más básico, "cerveza", a oraciones más complejas como "una cerveza, por favor", a frases que no tienen ningún tipo de sentido, como "patatas verdes". Así que, ¿eléctrico con el que me cruzaba en el set? "¡Croquetas!". ¿Que nos despedíamos? "¡Chipirones, por favor!" ¿Qué se aburrían? "¡Patatas verdes!"
Ni qué decir tiene que, (casi todo) eléctrico hombre blanco hetero normativo que se precie adora el fútbol. Vive por y para la "premier league". Son unos seguidores acérrimos de sus equipos preferidos que religiosamente rellenan quinielas, desgranan cada partido y cada jugada al día siguiente. Es más, incluso se conocen los resultados de toda la liga española. 
Para mí el verano de 2014 fue especial y desastroso a partes iguales. Por un lado, conseguí trabajo en Star Wars VII. Un sueño hecho realidad. La friki que hay en mí no se lo podía creer. Cada mañana tenía la sensación de que, no solo iba a trabajar, sino a jugar. Rodeada de robots, stormtroopers, animales con máscaras mecanizadas, efectos visuales inimaginables y explosiones diarias, me parecía estar soñando. Además el 2014 coincidió con el Mundial de fútbol de Brasil. Así que, casi todos los técnicos estaban un poco dispersos apoyando a Inglaterra. Los eléctricos, absolutamente entregados a su selección, cómo no, contaban con pantallas y iPads por todo el estudio, donde ponían los partidos a escondidas. Uno de mis amigos técnicos (concretamente el de "patatas verdes"), Jimmy, fue el que me condujo por los pasillos del set hasta uno de los televisores donde retransmitían un partido de España. Que fue un peñazo de partido, pero se corrió la voz de que era futbolera (ni mucho menos) y desde ese momento no sé cómo pasé a tener tertulias sobre las selecciones durante todo el verano con los eléctricos.
Sin embargo, y como comenté antes, fue un verano desastroso porque, a parte de que España quedó eliminada, me lesioné el pie y no pude compartir ni más Mundial con mis eléctricos, ni, sobre todo, más escenas de Star Wars.

Además de los eléctricos, otros compañeros con los que no contaba tener tanta relación, fue con los especialistas de cine. Por lo que aprendí en la escuela y de ver tanto "making of", di por hecho que yo estaría pegada a la cámara o al director. Nada más lejos de la realidad. Seamos sinceras, cuando empiezas en este mundo, eres un punto lejano en un engranaje masivo y poco a poco te vas acercando al meollo de la cuestión. Sin embargo, si, como yo, empiezas tu carrera en lo que se denomina "la segunda unidad", tu vida va a girar en torno a los especialistas. Aquellas mujeres y hombres que, literalmente, se dejan la piel para que una escena de acción parezca totalmente creíble. 
Sin tener ni idea, empecé con algunos de los mejores especialistas del mundo. Mi primera película con contrato, fue "Kingsman" (2014), un filme básicamente de acción. 
La primera secuencia que teníamos que rodar era la escena de la iglesia. En caso de que no hayáis visto la película os recomiendo encarecidamente que busquéis la escena en internet. Dura cinco minutos y medio y es una auténtica locura. Resumiendo, con un plano secuencia "falso" de unos dos minutos, entré en el mundo del cine por la puerta grande. 
Las dos primeras semanas ensayamos exclusivamente en la localización, o sea la iglesia. La escena de la pelea se debía tratar como si fuese una coreografía de baile y para ello había que repetir y ensayar hasta la saciedad plano por plano. Pero esta "danza" no era solo para los especialistas, sino para la cámara, el sonido, la continuidad, efectos especiales, efectos visuales, vestuario y maquillaje. Vamos, tod@s. La secuencia fue dirigida por Brad Allan, (1973-2021) especialista durante muchos años, aprendió bajo las órdenes de Jackie Chan. Brad tenía todo milimétricamente preparado y los especialistas ya habían ensayado anteriormente la coreografía en los estudios de la Warner durante semanas. Esta sería la primera vez que lo harían con todo el equipo. 
Se produjeron cantidad de lesiones. Esguinces, luxaciones y alguna que otra nariz rota. Pero a las dos semanas comenzamos a rodar. Para entonces, me sabía los nombres de los doscientos y pico especialistas más los extras. Tuvimos, creo recordar, otras dos semanas para rodarla. En total casi un mes para cinco minutos de metraje. Merece la pena, os lo digo.
Como es bastante normal repetir equipo dentro de tu propio departamento, después de "Kingsman", rodé "Wonder Woman", "Free Fire" o "Hobbs and Shaw", todas en la segunda unidad con especialistas.
Aprendes que el ser humano no tiene límites si se lo propone, que hay hombres y mujeres que arriesgan su vida cada día y que en una escena de acción nada se puede dejar al azar. Un mínimo fallo puede llevar a alguien al hospital. O peor.
Por todo ello, en el 2027 los especialistas por fin van a poder ser reconocidos en la industria cinematográfica de Hollywood ya que se ha creado la categoría de los Oscars a "Mejor diseño de escena de acción" (Best Achievement in Stunt Design) que reconoce su trabajo por primera vez.


Después de dos años como auxiliar de dirección, me contrataron como tercera ayudante de dirección. Mis responsabilidades eran mayores porque vivía todo el proceso creativo más de cerca. Esta etapa me sirvió para ampliar los lazos que me unían a la "familia disfuncional". Comencé, entonces, a establecer trato más directo con la directora/director, los directores de fotografía, el elenco, etc. Fue como mirar directamente al núcleo de una célula. De cómo se forman las ideas y cómo esas ideas se hacen realidad. Suele haber más ego, desde luego. Pero es cierto que, a este nuevo nivel, los errores que ocurren son más notables y cada vez te juegas más.
Como ayudante de dirección tienes que ser una especie de psicóloga. Todos los miembros de un equipo tienen problemas y, la mayor parte de la gente, viene a ti. Tienes que saber escuchar y poder solucionar si es posible. No es una profesión muy agradecida, diría que hasta casi invisible...organizamos en la sombra, somos de los primeros que llegan al set y de los últimos en irse. Cuando ruedo en un estudio no veo el sol durante días. Aparco el coche de madrugada y lo recojo de noche. Nos pasamos doce horas de pie, sin parar, sin sentarnos, ni siquiera para comer. Es duro, pero engancha.

Sin embargo, he de decir que, aunque cada vez más mujeres tienen mayor voz en los sets, a día de hoy los rodajes cuentan con un equipo mayormente masculino. Sin ir más lejos, la actriz Cate Blanchett se quejó en Cannes a la prensa de que "(cuando llego al set) hago la cuenta cada día. Hay 10 mujeres por cada 75 hombres...adoro a los hombres pero es aburrido entrar en un lugar tan homogéneo" (The Guardian, Mayo, 2026). En mi opinión, Blanchett tiene toda la razón. Es soporífero. La diversidad de género, raza, etc., es absolutamente enriquecedora. En lo que llevo de carrera (unos doce años) he trabajado solo con dos mujeres directoras y una primera ayudante de dirección. Cuando el equipo técnico está femineizado en el set, y sobretodo en posiciones de mando, se disfruta de una energía distinta por completo. Hay más calma, diálogo y esto contribuye a que sea un ambiente menos tenso. Son el día y la noche. Ojalá cada vez más mujeres directoras, directoras de fotografía, jefas de eléctricos, sonidistas, etc.
En un mundo tan masculino, las mujeres aportamos serenidad, profesionalidad y mucha, pero que mucha creatividad. Porque hablamos y pensamos como un equipo, y no solo como meros individuos. 


En resumen, el cine es, a fin de cuentas, de todo menos glamour, al menos para el equipo técnico.

El cine es rodar en medio de una carretera en una montaña en Marsella y estar esperando dos horas a que llegue el baño portátil mientras te meas viva. El cine es tener todo, absolutamente todo, preparado para rodar una toma en una universidad inglesa, que de pronto suene el timbre y que 2.500 alumnos salgan a la vez de sus clases. El cine es que te chillen desde cámara que se te ve en el plano y te tengas que esconder tras un cactus durante una toma de cinco minutos, metiendo tripa y pinchándote. El cine es comer bajo la lluvia, empapándote. El cine es un arnés para que no te caigas de un barco. El cine es perseguir a un actor con un paraguas para que no se moje. El cine es organizar trescientos extras con un megáfono a las 6 de la mañana. El cine es perder tu chaqueta, tu mochila, tu bufanda, tu gorra y/o tus guantes porque no paras ni un segundo y no sabes dónde dejas las cosas. El cine es correr sobre el lodo para quitarle el abrigo a la actriz antes de empezar a rodar. El cine es trabajar con un esguince en el tobillo. El cine es viajar al set en un minibus con las radios, las órdenes de trabajo, los desayunos y los cafés con otros veinte miembros del equipo apelotonados. El cine son prisas. El cine es esperar. El cine es ansiedad. El cine es un caos ordenado.

Pero el cine también te regala momentos maravillosos.

Dos jinetes montados a caballo a las 6 de la mañana en el estudio de camino al set mientras tú tomas el café. Comer en el borde de la ventana de la torre de un castillo milenario escocés. Gritar "acción" y que dos coches pasen a 250 kilómetros hora a escasos metros de ti. Un "food truck" de chocolate con churros en un rodaje de noche. Conducir el carrito de golf por el estudio de madrugada, sola. La cerveza de los viernes por la tarde en el pub frente al set. Helena Bonham Carter te guiña un ojo. Escuchar "más sangre" preparando una pelea. Viajar en un avión privado. Tomar un barraquito con tu amiga y colega María frente a la playa. Una foto de equipo al terminar el rodaje. Tener que contener la risa durante una toma. O las lágrimas. Entrar en un pueblo medieval hecho de corcho y madera. Vivir en Brighton dos meses. Ir a la piscina del hotel. Reencontrarte con tu amiga del alma de la ECAM, Anna, en un rodaje, las dos viviendo nuestro sueño. Ver los Oscars y haber trabajado con algunos ganadores. Naves espaciales que aterrizan. Cantar "Resistiré" con tus compañeros de dirección en un coche de camino al set. Dos stormtroopers a lo lejos al atardecer. Tu nombre en los créditos finales. 
Si os quedáis a verlos, claro.

En definitiva...el cine es contradicción, el cine es maravilla.

El cine es, en otras palabras, "patatas verdes".

Sunday, 24 May 2026

Amor, curiosidad, sertralina y dudas


Queridas y queridos, ya no se lleva el prozac. Es muy de los noventa. Como Lucía Etxebarría y su obra Amor, curiosidad, prozac y dudas.
Ahora, lo que de verdad está de moda es la sertralina. Bueno, y el lorazepam. Todo para que te levantes bailando Bad Bunny y te acuestes tarareando Chopin. Es lo que tiene la mente, y el cuerpo, claro. En ocasiones necesitan ayuda y yo necesito mucha.
Cada mañana, la rutina.
El pantoprazol en ayunas. Después de desayunar y con el café, el plato fuerte. Primero el antidepresivo. Le siguen la pastilla para el colesterol, la tiroides, la tensión y, de remate, el antipsicótico. Y el ansiolítico, de noche. ¡Olé!
En este caso, el orden de los factores sí altera el producto. 
No te meten siete pastillas de golpe, claro. No eres una tragaperras. Al menos al principio.
El proceso es lento y diría que hasta doloroso. Porque no quieres ingerir cantidades ingentes de droga. Pero la vida, como todo, se te complica.
Tampoco me voy a poner intensa. En parte porque me acabo de tomar las pastillas y estoy de subidón. 
Qué recuerdos aquellos años cuando las drogas eran solo un pasatiempo. Un instante de euforia desaforada en medio de una pista de baile con los ojos cerrados. Ahora no puedo ni beber. No voy a mentir, alguna margarita que otra cae de vez en cuando. El pedo, os digo, monumental. La resaca, un martillo constante contra la cabeza. 
Para los curiosos, todo empezó en Londres a los tres años de llegar. Inmersa en el mundo de la hostelería, muy a mi pesar, me levantaba con taquicardias cada madrugada. No podía dormir, pensar, ser. Decidí ir al médico y me prescribió la sertralina en cuanto entré en la consulta. Pero no solo necesitaba un antidepresivo. Lo que me pedía el cuerpo era un lorazepam. Sin embargo, en el Reino Unido son más agarrados que el velcro con los ansiolíticos. Así que a pan y agua durante varios años. Claro, fui a peor, incluso trabajando ya en películas, mi sueño. Me subía por las paredes. Hasta que volví a España un día e implosioné. 
Pasé cuatro años en Coruña a base de fármacos que, por fin, ayudaban mi ansiedad. Incluido el antipsicótico porque, literalmente, se me iba la pinza. A todo esto, mi madre pegada a mí como un chicle. Y menos mal, no sé qué hubiese hecho si no.
Saqué la cabeza de la madriguera para trabajar en un rodaje en Canarias. Tras tres días con un altavoz pegando berridos a trescientos extras, me subió la tensión y me dio un jari. ¿Conocéis el juego en el que salen las ardillas de los agujeros y tienes que darles con un mazo en la cabeza? Pues a mi me "dieron" en toda la almendra. Estuve de baja unos días y empecé con el Enalapril. Venga, otro medicamento para el pastillero.
Una vez de vuelta a Coruña análisis de sangre. ¡Han cantado bingo! Una cápsula para el colesterol y otra para la tiroides. Añadamos un pantoprazol para que no me estalle el estómago con 40 años.
Y ya tenemos la lista completa.
Sacar la retahíla de medicamentos delante de un desconocido o de alguien que no sabe, no conoce, es interesante. Los ojos se les van abriendo dramáticamente cuantas más pastillas tomo. Alguna o alguno se atreve a preguntar si voy a estar así toda la vida. Y siempre digo lo mismo, "no sé". Esa es, con sinceridad, la única respuesta que tengo. No tengo ni idea. Ojalá tuviese una bola de cristal. No lo hago por gusto, como es obvio. No me tomo las píldoras a ritmo de David Guetta, sino porque no puedo funcionar. Mi cerebro se ha roto y la medicación lo recompone poco a poco. 
No estoy sola. En las últimas estadísticas de 2022, España es el tercer país consumidor de antidepresivos de la Unión Europea solo por detrás de Portugal y Suecia. ¡Vamos que nos vamos! Además, las mujeres, cómo no, consumen con mucha más frecuencia que los hombres (entre 1,5 y 3 veces más) dependiendo de la edad. 
Aparte de los problemas personales, esta sociedad es ansiosa por naturaleza. Todo lo queremos ya. Cada persona es una minúscula partícula en medio de un maremágnum de estímulos externos. Las redes, el trabajo, la casa, los niños, el colegio de los niños, el comedor de los niños, las actividades extraescolares de los niños, el dinero, la pareja, la religión, la familia, la sanidad, la moda, las guerras, la política, la pobreza, las presiones sociales, Trump, Netanyahu, Putin y la madre que los parió a todos, la polución, la flotilla, los animales en extinción, los asteroides...¡Jesús, qué agobio! Y eso que no tengo hij@s...
No nos extrañe luego que cada vez más gente necesite drogas, estamos a punto de explotar. Además, no hay tiempo para tratar a los pacientes en condiciones: pastilla y a casa. Meses de espera para un psicólogo. Si tienes pasta, uno privado.  Para cuando te logran atender puede que estés en las últimas. 
Así que, insisto, "no sé". No sabemos. Dudamos. Tenemos esperanza de ser libres algún día. De romper con una rutina que, en el fondo, nos esclaviza. De poder despertar, ducharnos y salir a la calle sin atiborrarnos a píldoras. De no ser una puta montaña rusa de emociones. De tener estabilidad. Seguridad. Amor por nosotr@s mism@s.
¿Somos capaces?
Todavía no lo sé.





Sunday, 17 May 2026

Días de cine 2.) Dirección


 Queridas y queridos, recuerdo perfectamente cuándo me di cuenta de que quería ser directora de cine.
Fue en el año 2000 durante un curso de guión que hice en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba. Había escrito diarios y cuentos durante toda mi vida y pensé que, ya que adoraba el cine, mi destino sería la composición de guiones. 
Mi madre, fan número uno de cualquier manifestación de mi creatividad, me animó a realizar un taller de guión con Lola Salvador. Allá que me fui tres semanas a Cuba a aprender de una de las más grandes guionistas españolas. Al llegar a la escuela, ocurrieron dos sucesos que pueden parecer inconexos, pero que influyeron enormemente en mi futuro. 
Por un lado, nos avisaron a los alumnos del curso que Lola Salvador no podría impartir las clases por problemas personales. ¿Su sustituto? Un guionista cubano del que, con toda honestidad, no puedo recordar su nombre. Un señor que, con su voz suave y monótona, aburría a las ovejas.
Por otro lado, e intuyo que por error, en lugar de ponerme de compañera de apartamento con alguien de guión como al resto de mis compañeros, compartí habitación con una alumna del curso de dirección, Elizabeth. 
Frente al hastío diario de mis clases de guión, cada tarde Elizabeth me contaba las maravillas de su taller. Cómo rodaban pequeños sketches aprendiendo términos desconocidos para mí como el raccord, el salto de eje o el plano secuencia. Mientras yo contaba los minutos para poder escapar de mi aula, ella vivía el cine desde dentro. 
Harta de mis quejas, Elizabeth me "invitó" a su clase. De "estrangis" me metí en el aula y me senté en la última fila. El profesor me miró extrañado, pero me ignoró. Comenzó su explicación sobre la dirección de actores y fue como descubrir un mundo nuevo de luz y color. Todo me interesaba. Yo era una esponja y el cine era mi agua.
Por fin podía entender la teoría, los conceptos, los trucos detrás de la magia. Fue una maravillosa revolución. Quedé enganchada en los primeros cinco minutos.
Desde ese día, asistí a todas las clases de dirección. El profesor siguió haciéndose, muy conscientemente, el loco. Sobretodo cuando empecé a colaborar en las prácticas de sus alumnos sin permiso alguno. De lo que fuera, como fuera. Si había que ayudar con el vestuario, ahí estaba Paula aguja e hilo en mano. Si había que rebotar la luz, ahí estaba Paula con un "sticko". Enseguida me hice amiga de todos los alumnos de dirección y acudía a sus reuniones en vez de a las mías, las de guión. 
Las tres semanas pasaron en un suspiro. En el taxi, de vuelta al mundo real, un proyector imaginario reproducía una y otra vez, las imágenes del viaje que no podía quitar de mi mente. No solo había descubierto que me quería dedicar al cine, sino que, quería ser directora de cine.
No sé muy bien por qué, pero en ningún momento me planteé que entonces ser directora fuera revolucionario. No fui muy consciente de las pocas directoras que existían en la historia del cine hasta que quise convertirme en una. Me di cuenta de que el camino no solo iba a ser complejo, sino casi imposible. Conté el número de directoras de cine en España que conocía y cabían en una mano: Isabel Coixet, Icíar Bollaín, Gracia Querejeta, Chus Gutiérrez y Pilar Miró . 
Pero el virus del cine ya había entrado en mí hace tiempo y era difícil ignorarlo. 

Tras siete años de tortura académica (que no festiva) conseguí licenciarme en Filología Inglesa por la Universidad de Salamanca. Diploma en mano, grité a los cuatro vientos que ya había cumplido con lo que se esperaba de mí y era libre para perseguir lo que realmente deseaba, la dirección cinematográfica.
En 2005 entré en la Escuela de Cine y Televisión de Madrid (ECAM) tras dos intentos y, aunque no terminé la diplomatura, por primera vez, comía, dormía y respiraba cine. Exploré clásicos españoles como Buñuel, Berlanga o Saura. Descubrí los cines Doré de Madrid con una proyección de Nosferatu de Murnau que contaba con música de piano en directo. Aprendí el argot necesario para desenvolverme en un rodaje. Creé guiones, historias, personajes (que señores mayores fumando puros deshechaban sin piedad). Pero, sobre todo, descubrí que había más directoras de cine españolas que desconocía por completo. Como por ejemplo, Ana Díez y Patricia Ferreira - a quien tuve la suerte de tener como profesoras - Josefina Molina, Cecilia Bartolomé, Daniela Fejerman o Inés Paris. En mi clase de dirección éramos tan solo dos mujeres de doce alumnos que entramos ese año a primero. Y se notaba. El tufo heteronormativo masculino apestaba. Una de las primeras preguntas de uno de mis "compañeros" fue si era lesbiana. Supongo ser directora de cine incluso en el nuevo milenio seguía unido a un sentimiento masculino alpha.
A día de hoy sigo pensando que el cine es, en muchas ocasiones, una pelea de penes. O un concurso de a ver quién mea más lejos. Según cómo se mire. El cine intimista y personal se adjudica al cine femenino única y exclusivamente. O gay. Pero directoras como Patty Jenkins (Wonder Woman) o Kathryn Bigelow (Le llaman Bodhi o En tierra hostil, siendo esta la primera mujer en ganar un Oscar a mejor dirección), entre otras, han demostrado que el cine de acción no está reservado para hombres.
No hay un cine de mujer, hay cine dirigido por mujeres.
Y como habréis notado de un tiempo a esta parte, su presencia no puede pasar desapercibida. No solo por ser mujeres, o una novedad, sino porque son grandes directoras y sus temas están de actualidad. Cuánto me hubiera gustado tener esta cantidad de mujeres referentes cuando daba mis primeros pasos...Carla Simón, Paula Ortiz, Claudia Costafreda, Eva Libertad, Clara Roquet, Alauda Ruiz de Azúa, Pilar Palomero, Belén Macías, Arantxa Etxebarría, Leticia Dolera, Andrea Jaurrieta, Mar Coll, Elena Martín y tantas otras más.
La dirección cinematográfica no debe tener género. Dirigir es guiar a un equipo hacia un mismo objetivo. Es tener una visión y ser capaz de que los demás la entiendan y la hagan realidad. No es solo sentarse con unos cascos frente a un monitor y gritar "¡ACCIÓN!". Es mucho más . Dirigir es aconsejar a tus actores, llevarlos, de algún modo, a tu terreno. A tu universo personal. Igual que al resto del equipo. Eres la capitana, capaz de exprimir el talento de tu equipo al máximo. Sin embargo, en ocasiones, también eres grumete y debes dejarte aconsejar por directores de departamento que saben más que tú. Es un juego. De poder y de imaginación. Divertirte siendo otra. Crear mundos y personajes que hacen y dicen lo que quieres expresar. Porque dirigir es tu idioma. No sabes hablar otro. 

Después de la escuela de cine de Madrid vino la ayudantía de dirección en Londres donde contribuí a que otros directores lograran cumplir sus visiones. De esto, otro día...
Pero, ¿y mi propia visión?
Está ahí. Escondida. Es una luz que no se apaga nunca. Y que está esperando que la haga brillar de nuevo algún día.

"¿A qué esperas?"










Sunday, 10 May 2026

Perimenopáusicas. Segunda parte


Queridas y queridos, en vista de la complejidad del periodo perimenopáusico, he llegado a la conclusión que las niñas deberían venir al nacer con un manual de instrucciones titulado "Cómo ser mujer" que haga referencia a las siguientes secciones: 
Primero la menstruación, luego aprende a ponerte la compresa, más adelante da clases de "cómo ponerte un tampón", que es más ingeniería de caminos que otra cosa. Ve al ginecólogo y ábrete de piernas una vez al año. Inciso: ¿por qué nos dan una batita y un cuarto para cambiarnos si luego nos van a ver hasta la úvula?. Prosigamos. Hazte la mamografía, que consiste en aplastar la teta hasta que queda como el papel cebolla. (Me pregunto, ¿si les tuvieran que laminar los testículos a los hombres anualmente, la comunidad científica habría encontrado un modo menos desagradable? Seguro). Si te quieres poner el DIU, a palo seco, sin anestesia local ni leches en vinagre. Como decía la profesora de Fama, "¡Aquí habéis venido a sufrir!" Y cada mes los pechos como sandías, la tripa hinchada como un oso amoroso, sin energía ni para rascarte un ojo, con una mala leche que escupes fuego y con más hambre que un piojo en un peluche. Y esto es solo antes de empezar a sangrar. Porque la gente, bueno los hombres, se piensan que la regla es aquel espacio temporal en el cual vives durante las hemorragias. Pero no. La menstruación es un ciclo de 28 días de los cuales sueles ser una persona razonable tres, como mucho cuatro, diría yo. El resto es una lucha constante con(tra) tu cuerpo. Y tras unos cuarenta años viene la menopausia, deja de bajar la regla y ala, a vivir la vida. Pues resulta que no. Porque el cuerpo de la mujer no se estudia. 
"¡Qué exagerada eres, Pau, como siempre!", me diréis.
Un equipo científico liderado por la Doctora Ju Young Lee (Universidad de Amsterdam), acaba de publicar el mapa completo de la red de nervios del clítoris (Neuroanatomía del clítoris, Marzo 2026). Mientras que este mismo mapa de la red de nervios del pene lleva publicado unos 30 años. ¡30! Vale que a algunos hombres les sea difícil encontrar el clítoris, pero treinta años...claro, por eso ha sido una científica la descubridora, y no un científico. Blanco y en botella...
Pues la perimenopausia no se empezó a estudiar hasta los años 80. Vamos que ya se había ilegalizado la discriminación por género en el trabajo, había nacido el primer bebé fecundado in vitro, se había legalizado el aborto en Estados Unidos y Margaret Thatcher se había convertido en la primera mujer Primera Ministra del Reino Unido.
En resumen, íbamos pergeñando alguna cosita que otra por el mundo por y para las mujeres.
Pero, insisto, hasta la década de los 80 no hubo estudios serios sobre el tema.
¿Qué quiere decir esto? Pues que seguramente millones de mujeres andaban por la vida con sofocos, insomnio, sequedad vaginal e irritabilidad y no tenían ni la más remota idea de lo que les estaba ocurriendo. Y, queridas y queridos, no hay nada que irrite más que una irritabilidad que no sabes de dónde viene, pero sí hacia dónde va: a Manolo.
Manolo: ¿Pero qué te pasa Carmen?
Carmen: ¿¡A mí!? ¡A mi no me pasa absolutamente nada, Manolo!
Manolo: Algo te pasa porque estás sudando más que el fontanero del Titanic.
Carmen: ¡¡Que no me pasa nada, te he dicho!!
Manolo: ¿Estás en esos días no, Carmen?
Carmen: ¡Que no, Manolo! ¡¡¡¡Que estoy divina!!!!!
Dijo Carmen mientras se abanicaba enérgicamente...
Carmen no tenía entonces internet. Pero yo sí. Así que cuando busqué "perimenopausia", no solo me salió la lista de los reyes Godos en síntomas. No. También aparecieron maravillosos artículos titulados "Perimenopausia, el turbulento proceso que atraviesan las mujeres a partir de los 47 años" (Yahoo!, 2022) o "Perimenopausia, las claves psicológicas y físicas para afrontar esta etapa sin sufrir el 'marketing de los 40'" (El Español, 2025) que, parecen más títulos de películas de terror.
Para empezar, el "periodista", utiliza el término "turbulento proceso", como si fueran a salirte antenas en la cabeza, como en la peli "La mosca". (De hecho, ahora que lo pienso, la peli es una gran analogía de lo que es pasar de la perimenopausia a la menopausia). Además subrayan que a "los 47 años" empiezas a sentir los síntomas. Ni 46, ni 48. 47. Cuan Cenicienta, a las 12 de la noche de tu 47 cumpleaños, sonarán las campanadas y tú comenzarás la trágica transformación sin que nada ni nadie lo pueda evitar. ¿Y qué pasa con el zapatito de cristal que se queda en las escaleras de palacio? Podría representar que has perdido parte de tu feminidad por el camino. Por otro lado, tenemos que "afrontar esta etapa", como si fuera un toro de mihura, joder. Y ya, la guinda del pastel. "Marketing de los 40". Lo que me faltaba. Entiendo el marketing de un disco, un evento o un libro...pero, ¿mi pérdida de regla? ¿Y si es cierto que hay ese marketing, me lo puedo pasar por el papo?

En resumen, que ser mujer es complicado. 
Y, a pesar de todo, queridas y queridos, yo, personalmente, no me cambiaría por un hombre. Prefiero tener efectos secundarios a mansalva si eso quiere decir que mi cuerpo es capaz de dar vida a un ser humano (aunque luego decida no hacerlo). Me gusta más lo que implica formar parte de una sisterhood que de un brotherhood. Elijo "no tener el chichi para farolillos". Prometo ser feminista incansable. Seguiré escribiendo sobre la problemática de ser mujer, pero también de lo maravilloso que es vivir en un cuerpo femenino. 

Perimenopáusicas sí, y con el abanico bien abierto.




Saturday, 2 May 2026

Perimenopáusicas. Primera parte

Queridas y queridos, ojú qué calores tengo. Al principio pensé que era el cambio climático. Acaba el invierno, llega la primavera, y Londres a 20 grados. Más calor que un pollo en rotación. Y, me entran los sofocos. Empiezo a sudar como si fuera un sifón. Cuando digo sudar incluyo brazos, sobacos, nalgas y cabeza. Soy un frigo pie que se derrite al sol y tengo que ir con el abanico a todos lados. Cada cinco minutos lo saco en el tren de camino al quiropráctico (¡ah, sí!, tengo la espalda tan rígida que si me caigo, reboto) y le doy una caña (al abanico, no al quiropráctico) que ni una folclórica en misa. Los viajeros miran el móvil así que nadie parece darse cuenta que comienzo a otear al personal y, para mi sorpresa, no solo la gente no suda, sino que llevan jerseys, chaquetas y hasta pañuelos alrededor del cuello. ¡Pero si hace un calor sahariano!
Llega mi parada, me bajo deseando que el aire de la calle me apacigüe un poco. Pero no hay manera. Una vez que empiezo a sudar es difícil pararlo. Los chorretones me caen por la frente. De pronto, paro en seco. ¡Ostras! ¿Cómo voy en este estado al quiropráctico? Que ese hombre me tiene que tocar y masajear como si fuera masa de pan, y yo estoy como pez fuera del agua, resbaladiza y viscosa. Entro en una tienda y me compro un refresco bien frío, pero causa el efecto contrario. Ya pasada la hora de mi cita, me digo que tengo que subir a la consulta como sea. ¿La única solución? Entrar con la sudadera puesta. Cierto es que el muchacho notará menos el sudor, pero cada vez sudaré más. 
No hay quien gane.
Kiril, mi quiropráctico, es como un bombón Lindor, está bien bueno. Es un morenazo de Malasia de metro noventa con pelazo Pantene y sonrisa Profident. Tiene, unas manos que son gloria bendita. Este dato puede parecer irrelevante en la historia, pero yo me pongo nerviosísima con él. Sobretodo cuando me coge de los pies y tira de mi para ajustarme la posición. Cada vez que lo hace me sale un "¡uy!" del gustirrinín. Seguro que ya sabe que me gusta. Así que, claro, como es lógico, sudo más.
Entro en la sala y él me espera sonriente, como siempre. Le miro, hago una mueca nerviosa y dirijo mi mirada hacia la camilla. Horror de horrores. De pronto me doy cuenta: la cabecera ya está cubierta de un papel desechable, como medida higiénica. Joder, joder, joder, que ahí tengo que poner la almendra. Al notar mi reticencia a tumbarme, Kiril hace un gesto con la mano y me invita a hacerlo galantemente. Pues nada, allá que voy. Primero me toca boca arriba. Noto cómo el pelo, ya empapado, moja sin piedad el fino y delicado papel. Kiril me habla pero yo no estoy. He desaparecido. No le escucho. Mi única preocupación es el mejunje que noto en la cabeza.
De pronto, me da un toque en el hombro. "Paula, ¿te pones boca abajo?". Estoy segura de que me ha hecho la pregunta más de una y dos veces. "¿Mmm? ¡Ah, sí , sí claro!", respondo. Me doy la vuelta como si fuera un camarón a la brasa y, horror, ahí está el papel empapado con mi sudor. "¿Tienes calor?", me pregunta Kiril. "Un poco", contesto con un hilito de voz más roja que una frambuesa. Él cambia el papel por uno nuevo y apoyo mi cara sudorosa. De nuevo, él habla, pero yo no dejo de pensar que hubiera sido mejor quitarme la sudadera. Ahora ya es demasiado tarde. "Bueno, pues ya estás", me comenta Kiril con esa voz (imagino) de surfero malasio. Me levanto y ahí está, como si fuera la Sábana Santa, mi careto impreso en el papel.
Quiero meterme bajo la camilla y no salir nunca más. 
Así fue cómo me di cuenta de que esos sudores no eran ni medio normales. Sin dudarlo, abanico en mano, salgo de la consulta corriendo ante la cara de estupefacción de la recepcionista. Pongo un pie en la calle y ya estoy consultando al chatgpt sobre estos chorretones sobrehumanos. La respuesta no solo es inmediata, sino que es una torta a mano abierta en toda la cara sudada. De repente, términos como "sofocos nocturnos, estrógenos, vello facial, insomnio", y...sonido de tambores...LA palabra: "perimenopausia" asaltan mi pantalla.
¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!
¡Imposible! 
- ¡Pero si aún soy joven!
- "Bueno, Pau", me comenta mi occipital derecho, "joven, joven, lo que se dice joven, no eres." 
- ¡Tengo amig@s de 35 años! 
- "Tienes 46 tacos, bonita, la juventud no es un resfriado, no se pega" 
- ¡Aún soy fértil! 
- "Para ser exactos te queda un óvulo, y el pobre hace eco desde el útero. Tienes que aceptar la realidad, Pau". 
- ¿Y cual es esa? 
- "Qué tu cuerpo está en proceso de cambio. Como estornudes fuerte, te harás pis encima. Si no empiezas a hacer pesas, te caerás y te romperás la cadera. Y ya puedes hacerte amiga de las pinzas de depilar porque te van a salir troncos negros en la barbilla."
- ¿Y esto hasta cuando?
- "Pues suele durar de unos 6 a 8 años hasta que deja de bajar la regla"
- ¡Pero eso son 8 temporadas de perimenopausia!"
- "Efectivamente, y esto no es Netflix, es HBO, te las vas a comer una a una"
¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

Continuará...