Sunday, 17 May 2026

Días de cine 2.) Dirección cinematográfica


 Queridas y queridos, recuerdo perfectamente cuándo me di cuenta de que quería ser directora de cine.
Fue en el año 2000 durante un curso de guión que hice en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba. Había escrito diarios y cuentos durante toda mi vida y pensé que, ya que adoraba el cine, mi destino sería la composición de guiones. 
Mi madre, fan número uno de cualquier manifestación de mi creatividad, me animó a realizar un taller de guión con Lola Salvador. Allá que me fui tres semanas a Cuba a aprender de una de las más grandes guionistas españolas. Al llegar a la escuela, ocurrieron dos sucesos que pueden parecer inconexos, pero que influyeron enormemente en mi futuro. 
Por un lado, nos avisaron a los alumnos del curso que Lola Salvador no podría impartir las clases por problemas personales. ¿Su sustituto? Un guionista cubano del que, con toda honestidad, no puedo recordar su nombre. Un señor que, con su voz suave y monótona, aburría a las ovejas.
Por otro lado, e intuyo que por error, en lugar de ponerme de compañera de apartamento con alguien de guión como al resto de mis compañeros, compartí habitación con una alumna del curso de dirección, Elizabeth. 
Frente al hastío diario de mis clases de guión, cada tarde Elizabeth me contaba las maravillas de su taller. Cómo rodaban pequeños sketches aprendiendo términos desconocidos para mí como el raccord, el salto de eje o el plano secuencia. Mientras yo contaba los minutos para poder escapar de mi aula, ella vivía el cine desde dentro. 
Harta de mis quejas, Elizabeth me "invitó" a su clase. De "estrangis" me metí en el aula y me senté en la última fila. El profesor me miró extrañado, pero me ignoró. Comenzó su explicación sobre la dirección de actores y fue como descubrir un mundo nuevo de luz y color. Todo me interesaba. Yo era una esponja y el cine era mi agua.
Por fin podía entender la teoría, los conceptos, los trucos detrás de la magia. Fue una maravillosa revolución. Quedé enganchada en los primeros cinco minutos.
Desde ese día, asistí a todas las clases de dirección. El profesor siguió haciéndose, muy conscientemente, el loco. Sobretodo cuando empecé a colaborar en las prácticas de sus alumnos sin permiso alguno. De lo que fuera, como fuera. Si había que ayudar con el vestuario, ahí estaba Paula aguja e hilo en mano. Si había que rebotar la luz, ahí estaba Paula con un "sticko". Enseguida me hice amiga de todos los alumnos de dirección y acudía a sus reuniones en vez de a las mías, las de guión. 
Las tres semanas pasaron en un suspiro. En el taxi, de vuelta al mundo real, un proyector imaginario reproducía una y otra vez, las imágenes del viaje que no podía quitar de mi mente. No solo había descubierto que me quería dedicar al cine, sino que, quería ser directora de cine.
No sé muy bien por qué, pero en ningún momento me planteé que entonces ser directora fuera revolucionario. No fui muy consciente de las pocas directoras que existían en la historia del cine hasta que quise convertirme en una. Me di cuenta de que el camino no solo iba a ser complejo, sino casi imposible. Conté el número de directoras de cine en España que conocía y cabían en una mano: Isabel Coixet, Icíar Bollaín, Gracia Querejeta, Chus Gutiérrez y Pilar Miró . 
Pero el virus del cine ya había entrado en mí hace tiempo y era difícil ignorarlo. 

Tras siete años de tortura académica (que no festiva) conseguí licenciarme en Filología Inglesa por la Universidad de Salamanca. Diploma en mano, grité a los cuatro vientos que ya había cumplido con lo que se esperaba de mí y era libre para perseguir lo que realmente deseaba, la dirección cinematográfica.
En 2005 entré en la Escuela de Cine y Televisión de Madrid (ECAM) tras dos intentos y, aunque no terminé la diplomatura, por primera vez, comía, dormía y respiraba cine. Exploré clásicos españoles como Buñuel, Berlanga o Saura. Descubrí los cines Doré de Madrid con una proyección de Nosferatu de Murnau que contaba con música de piano en directo. Aprendí el argot necesario para desenvolverme en un rodaje. Creé guiones, historias, personajes (que señores mayores fumando puros deshechaban sin piedad). Pero, sobre todo, descubrí que había más directoras de cine españolas que desconocía por completo. Como por ejemplo, Ana Díez y Patricia Ferreira - a quien tuve la suerte de tener como profesoras - Josefina Molina, Cecilia Bartolomé, Daniela Fejerman o Inés Paris. En mi clase de dirección éramos tan solo dos mujeres de doce alumnos que entramos ese año a primero. Y se notaba. El tufo heteronormativo masculino apestaba. Una de las primeras preguntas de uno de mis "compañeros" fue si era lesbiana. Supongo ser directora de cine incluso en el nuevo milenio seguía unido a un sentimiento masculino alpha.
A día de hoy sigo pensando que el cine es, en muchas ocasiones, una pelea de penes. O un concurso de a ver quién mea más lejos. Según cómo se mire. El cine intimista y personal se adjudica al cine femenino única y exclusivamente. O gay. Pero directoras como Patty Jenkins (Wonder Woman) o Kathryn Bigelow (Le llaman Bodhi o En tierra hostil, siendo esta la primera mujer en ganar un Oscar a mejor dirección), entre otras, han demostrado que el cine de acción no está reservado para hombres.
No hay un cine de mujer, hay cine dirigido por mujeres.
Y como habréis notado de un tiempo a esta parte, su presencia no puede pasar desapercibida. No solo por ser mujeres, o una novedad, sino porque son grandes directoras y sus temas están de actualidad. Cuánto me hubiera gustado tener esta cantidad de mujeres referentes cuando daba mis primeros pasos...Carla Simón, Paula Ortiz, Claudia Costafreda, Eva Libertad, Clara Roquet, Alauda Ruiz de Azúa, Pilar Palomero, Belén Macías, Arantxa Etxebarría, Leticia Dolera, Andrea Jaurrieta, Mar Coll, Elena Martín y tantas otras más.
La dirección cinematográfica no debe tener género. Dirigir es guiar a un equipo hacia un mismo objetivo. Es tener una visión y ser capaz de que los demás la entiendan y la hagan realidad. No es solo sentarse con unos cascos frente a un monitor y gritar "¡ACCIÓN!". Es mucho más . Dirigir es aconsejar a tus actores, llevarlos, de algún modo, a tu terreno. A tu universo personal. Igual que al resto del equipo. Eres la capitana, capaz de exprimir el talento de tu equipo al máximo. Sin embargo, en ocasiones, también eres grumete y debes dejarte aconsejar por directores de departamento que saben más que tú. Es un juego. De poder y de imaginación. Divertirte siendo otra. Crear mundos y personajes que hacen y dicen lo que quieres expresar. Porque dirigir es tu idioma. No sabes hablar otro. 

Después de la escuela de cine de Madrid vino la ayudantía de dirección en Londres donde contribuí a que otros directores lograran cumplir sus visiones. De esto, otro día...
Pero, ¿y mi propia visión?
Está ahí. Escondida. Es una luz que no se apaga nunca. Y que está esperando que la haga brillar de nuevo algún día.

"¿A qué esperas?"










Sunday, 10 May 2026

Perimenopáusicas. Segunda parte


Queridas y queridos, en vista de la complejidad del periodo perimenopáusico, he llegado a la conclusión que las niñas deberían venir al nacer con un manual de instrucciones titulado "Cómo ser mujer" que haga referencia a las siguientes secciones: 
Primero la menstruación, luego aprende a ponerte la compresa, más adelante da clases de "cómo ponerte un tampón", que es más ingeniería de caminos que otra cosa. Ve al ginecólogo y ábrete de piernas una vez al año. Inciso: ¿por qué nos dan una batita y un cuarto para cambiarnos si luego nos van a ver hasta la úvula?. Prosigamos. Hazte la mamografía, que consiste en aplastar la teta hasta que queda como el papel cebolla. (Me pregunto, ¿si les tuvieran que laminar los testículos a los hombres anualmente, la comunidad científica habría encontrado un modo menos desagradable? Seguro). Si te quieres poner el DIU, a palo seco, sin anestesia local ni leches en vinagre. Como decía la profesora de Fama, "¡Aquí habéis venido a sufrir!" Y cada mes los pechos como sandías, la tripa hinchada como un oso amoroso, sin energía ni para rascarte un ojo, con una mala leche que escupes fuego y con más hambre que un piojo en un peluche. Y esto es solo antes de empezar a sangrar. Porque la gente, bueno los hombres, se piensan que la regla es aquel espacio temporal en el cual vives durante las hemorragias. Pero no. La menstruación es un ciclo de 28 días de los cuales sueles ser una persona razonable tres, como mucho cuatro, diría yo. El resto es una lucha constante con(tra) tu cuerpo. Y tras unos cuarenta años viene la menopausia, deja de bajar la regla y ala, a vivir la vida. Pues resulta que no. Porque el cuerpo de la mujer no se estudia. 
"¡Qué exagerada eres, Pau, como siempre!", me diréis.
Un equipo científico liderado por la Doctora Ju Young Lee (Universidad de Amsterdam), acaba de publicar el mapa completo de la red de nervios del clítoris (Neuroanatomía del clítoris, Marzo 2026). Mientras que este mismo mapa de la red de nervios del pene lleva publicado unos 30 años. ¡30! Vale que a algunos hombres les sea difícil encontrar el clítoris, pero treinta años...claro, por eso ha sido una científica la descubridora, y no un científico. Blanco y en botella...
Pues la perimenopausia no se empezó a estudiar hasta los años 80. Vamos que ya se había ilegalizado la discriminación por género en el trabajo, había nacido el primer bebé fecundado in vitro, se había legalizado el aborto en Estados Unidos y Margaret Thatcher se había convertido en la primera mujer Primera Ministra del Reino Unido.
En resumen, íbamos pergeñando alguna cosita que otra por el mundo por y para las mujeres.
Pero, insisto, hasta la década de los 80 no hubo estudios serios sobre el tema.
¿Qué quiere decir esto? Pues que seguramente millones de mujeres andaban por la vida con sofocos, insomnio, sequedad vaginal e irritabilidad y no tenían ni la más remota idea de lo que les estaba ocurriendo. Y, queridas y queridos, no hay nada que irrite más que una irritabilidad que no sabes de dónde viene, pero sí hacia dónde va: a Manolo.
Manolo: ¿Pero qué te pasa Carmen?
Carmen: ¿¡A mí!? ¡A mi no me pasa absolutamente nada, Manolo!
Manolo: Algo te pasa porque estás sudando más que el fontanero del Titanic.
Carmen: ¡¡Que no me pasa nada, te he dicho!!
Manolo: ¿Estás en esos días no, Carmen?
Carmen: ¡Que no, Manolo! ¡¡¡¡Que estoy divina!!!!!
Dijo Carmen mientras se abanicaba enérgicamente...
Carmen no tenía entonces internet. Pero yo sí. Así que cuando busqué "perimenopausia", no solo me salió la lista de los reyes Godos en síntomas. No. También aparecieron maravillosos artículos titulados "Perimenopausia, el turbulento proceso que atraviesan las mujeres a partir de los 47 años" (Yahoo!, 2022) o "Perimenopausia, las claves psicológicas y físicas para afrontar esta etapa sin sufrir el 'marketing de los 40'" (El Español, 2025) que, parecen más títulos de películas de terror.
Para empezar, el "periodista", utiliza el término "turbulento proceso", como si fueran a salirte antenas en la cabeza, como en la peli "La mosca". (De hecho, ahora que lo pienso, la peli es una gran analogía de lo que es pasar de la perimenopausia a la menopausia). Además subrayan que a "los 47 años" empiezas a sentir los síntomas. Ni 46, ni 48. 47. Cuan Cenicienta, a las 12 de la noche de tu 47 cumpleaños, sonarán las campanadas y tú comenzarás la trágica transformación sin que nada ni nadie lo pueda evitar. ¿Y qué pasa con el zapatito de cristal que se queda en las escaleras de palacio? Podría representar que has perdido parte de tu feminidad por el camino. Por otro lado, tenemos que "afrontar esta etapa", como si fuera un toro de mihura, joder. Y ya, la guinda del pastel. "Marketing de los 40". Lo que me faltaba. Entiendo el marketing de un disco, un evento o un libro...pero, ¿mi pérdida de regla? ¿Y si es cierto que hay ese marketing, me lo puedo pasar por el papo?

En resumen, que ser mujer es complicado. 
Y, a pesar de todo, queridas y queridos, yo, personalmente, no me cambiaría por un hombre. Prefiero tener efectos secundarios a mansalva si eso quiere decir que mi cuerpo es capaz de dar vida a un ser humano (aunque luego decida no hacerlo). Me gusta más lo que implica formar parte de una sisterhood que de un brotherhood. Elijo "no tener el chichi para farolillos". Prometo ser feminista incansable. Seguiré escribiendo sobre la problemática de ser mujer, pero también de lo maravilloso que es vivir en un cuerpo femenino. 

Perimenopáusicas sí, y con el abanico bien abierto.




Saturday, 2 May 2026

Perimenopáusicas. Primera parte

Queridas y queridos, ojú qué calores tengo. Al principio pensé que era el cambio climático. Acaba el invierno, llega la primavera, y Londres a 20 grados. Más calor que un pollo en rotación. Y, me entran los sofocos. Empiezo a sudar como si fuera un sifón. Cuando digo sudar incluyo brazos, sobacos, nalgas y cabeza. Soy un frigo pie que se derrite al sol y tengo que ir con el abanico a todos lados. Cada cinco minutos lo saco en el tren de camino al quiropráctico (¡ah, sí!, tengo la espalda tan rígida que si me caigo, reboto) y le doy una caña (al abanico, no al quiropráctico) que ni una folclórica en misa. Los viajeros miran el móvil así que nadie parece darse cuenta que comienzo a otear al personal y, para mi sorpresa, no solo la gente no suda, sino que llevan jerseys, chaquetas y hasta pañuelos alrededor del cuello. ¡Pero si hace un calor sahariano!
Llega mi parada, me bajo deseando que el aire de la calle me apacigüe un poco. Pero no hay manera. Una vez que empiezo a sudar es difícil pararlo. Los chorretones me caen por la frente. De pronto, paro en seco. ¡Ostras! ¿Cómo voy en este estado al quiropráctico? Que ese hombre me tiene que tocar y masajear como si fuera masa de pan, y yo estoy como pez fuera del agua, resbaladiza y viscosa. Entro en una tienda y me compro un refresco bien frío, pero causa el efecto contrario. Ya pasada la hora de mi cita, me digo que tengo que subir a la consulta como sea. ¿La única solución? Entrar con la sudadera puesta. Cierto es que el muchacho notará menos el sudor, pero cada vez sudaré más. 
No hay quien gane.
Kiril, mi quiropráctico, es como un bombón Lindor, está bien bueno. Es un morenazo de Malasia de metro noventa con pelazo Pantene y sonrisa Profident. Tiene, unas manos que son gloria bendita. Este dato puede parecer irrelevante en la historia, pero yo me pongo nerviosísima con él. Sobretodo cuando me coge de los pies y tira de mi para ajustarme la posición. Cada vez que lo hace me sale un "¡uy!" del gustirrinín. Seguro que ya sabe que me gusta. Así que, claro, como es lógico, sudo más.
Entro en la sala y él me espera sonriente, como siempre. Le miro, hago una mueca nerviosa y dirijo mi mirada hacia la camilla. Horror de horrores. De pronto me doy cuenta: la cabecera ya está cubierta de un papel desechable, como medida higiénica. Joder, joder, joder, que ahí tengo que poner la almendra. Al notar mi reticencia a tumbarme, Kiril hace un gesto con la mano y me invita a hacerlo galantemente. Pues nada, allá que voy. Primero me toca boca arriba. Noto cómo el pelo, ya empapado, moja sin piedad el fino y delicado papel. Kiril me habla pero yo no estoy. He desaparecido. No le escucho. Mi única preocupación es el mejunje que noto en la cabeza.
De pronto, me da un toque en el hombro. "Paula, ¿te pones boca abajo?". Estoy segura de que me ha hecho la pregunta más de una y dos veces. "¿Mmm? ¡Ah, sí , sí claro!", respondo. Me doy la vuelta como si fuera un camarón a la brasa y, horror, ahí está el papel empapado con mi sudor. "¿Tienes calor?", me pregunta Kiril. "Un poco", contesto con un hilito de voz más roja que una frambuesa. Él cambia el papel por uno nuevo y apoyo mi cara sudorosa. De nuevo, él habla, pero yo no dejo de pensar que hubiera sido mejor quitarme la sudadera. Ahora ya es demasiado tarde. "Bueno, pues ya estás", me comenta Kiril con esa voz (imagino) de surfero malasio. Me levanto y ahí está, como si fuera la Sábana Santa, mi careto impreso en el papel.
Quiero meterme bajo la camilla y no salir nunca más. 
Así fue cómo me di cuenta de que esos sudores no eran ni medio normales. Sin dudarlo, abanico en mano, salgo de la consulta corriendo ante la cara de estupefacción de la recepcionista. Pongo un pie en la calle y ya estoy consultando al chatgpt sobre estos chorretones sobrehumanos. La respuesta no solo es inmediata, sino que es una torta a mano abierta en toda la cara sudada. De repente, términos como "sofocos nocturnos, estrógenos, vello facial, insomnio", y...sonido de tambores...LA palabra: "perimenopausia" asaltan mi pantalla.
¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!
¡Imposible! 
- ¡Pero si aún soy joven!
- "Bueno, Pau", me comenta mi occipital derecho, "joven, joven, lo que se dice joven, no eres." 
- ¡Tengo amig@s de 35 años! 
- "Tienes 46 tacos, bonita, la juventud no es un resfriado, no se pega" 
- ¡Aún soy fértil! 
- "Para ser exactos te queda un óvulo, y el pobre hace eco desde el útero. Tienes que aceptar la realidad, Pau". 
- ¿Y cual es esa? 
- "Qué tu cuerpo está en proceso de cambio. Como estornudes fuerte, te harás pis encima. Si no empiezas a hacer pesas, te caerás y te romperás la cadera. Y ya puedes hacerte amiga de las pinzas de depilar porque te van a salir troncos negros en la barbilla."
- ¿Y esto hasta cuando?
- "Pues suele durar de unos 6 a 8 años hasta que deja de bajar la regla"
- ¡Pero eso son 8 temporadas de perimenopausia!"
- "Efectivamente, y esto no es Netflix, es HBO, te las vas a comer una a una"
¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

Continuará...