Wednesday, 14 May 2025
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Thursday, 5 September 2024
Qué pienso cuando pienso en nadar
Queridas y queridos,
He vuelto a nadar.
Saturday, 24 August 2024
Lleno, por favor
Queridas y queridos, tod@s, en un momento dado hemos querido ir de un sitio a otro. En este caso en particular, una quería llegar a Ortigueira, pueblo a una hora y cuarto de Coruña.
Saturday, 10 August 2024
Paulímpica
O al menos es lo que pienso cada cuatro años.
Es ver el mínimo atisbo de cualquier deporte en la televisión y pensar...esa podría haber sido yo.
Pensaréis, "estás de broma, ¿no?"
No puedo decirlo más en serio.
Lo que algunos no sabéis es que como buena géminis que empieza todo y no acaba nada, he practicado en algún momento de mi vida casi todos los deportes olímpicos. Y los que no he practicado, creo fervientemente que lo podría haber petado si me hubiese dado la gana.
Pongamos como ejemplo la gimnasia artística. Nunca lo intenté pero, tumbada en el sofá, mando a distancia en mano mientras veo a Simone Biles hacer su tripe Tachenko con milimétrica perfección, me digo, eso lo podría haber hecho yo. Y lo pienso conscientemente. De hecho si te fijas un poco verás cómo una servidora hace esos movimientos "artísticos" de mover las manos como si espantaran una mosca mientras barro mi cuarto. Ya lo del triple Tachenko, para otro momento. Eso sí, practicas el saludo de entrada y salida al aparato y te sale que ni la Comaneci.
Sí que probé la gimnasia rítmica de pequeña. Tuve pelota y cinta propias y todo. ¿Para qué? Nadie lo sabe. Bueno sí, porque la niña se emperró en que quería ser gimnasta. Sin embargo dios me dio muchas cualidades pero la elasticidad no fue una de ellas. Mientras tanto, mi hermana Alex se contorsionaba como si fuera un pretzel, mazas en mano incluidas. Tupendo.
También hice natación. De hecho gané algún bronce en los campeonatos que se hacían en la piscina de la urbanización de casa de mi padre. Estamos hablando de niñas y niños de siete u ocho años sí, pero la lucha por el metal era encarnizada. Había ceremonia de medallas y todo.
Friday, 24 May 2024
Los trabajos lentejas
Queridas y queridos, ha sucedido.
Yo no quería. He luchado con uñas y dientes. Pensé que ya me había librado. Que todo había quedado atrás. Que había llegado al podium y que ya no habría quien me bajase de este.
Qué equivocada estaba.
Ha vuelto. Sin avisar. Sin anunciarse apenas, un zasca en toda la cara a mano abierta.
El trabajo lentejas.
¿Que qué es un trabajo lentejas?
Aquel que no queda más remedio que coger cuando el de tus sueños lo tienes que aparcar durante una temporada, por múltiples y diversas razones que ahora no vienen a cuento.
Efectivamente, un compendio de elementos se han unido y alineado para que, una servidora, acabe cobrando ocho euros la hora de nuevo.
Os cuento...
Aquí una ilusa, se las creía a salvo, con sus ahorros metidos en el banco cuan Tío Gilito. Pero, ¿qué pasa? Que el dinero no se reproduce en el tiempo si se gasta, oh sorpresa, si no que desaparece, casi por arte de magia.
Así que un día te encuentras con la cuenta tiritando, intentando salir de una depresión, con la ansiedad por las nubes, un trastorno alimenticio y con cero trabajo en rodajes de cine desde hace casi dos años. Hay que hacer algo, lo que sea.
Trabajar en una peli no podemos por diversas razones. Ha explotado la mayor huelga en el cine en Hollywood (recordemos que yo vivo de ellos), la ansiedad ya citada te sube hasta el ojo izquierdo en plan tic, y la Navidad está a la vuelta de la esquina.
Así que un par de personas de tu círculo más cercano familiar te comentan...viene la campaña navideña.
A ti se te humedecen los ojos, en plan Candy Candy. No de la emoción, sino porque sabes qué quiere decir esa frase...intenta conseguir un trabajo lentejas. Aquel en el que tu cerebro realiza las funciones justas, aquel en el que la monotonía y el aburrimiento se dividen en partes iguales. Aquel que por el mínimo sueldo interprofesional, te dejas los pies y la espalda. Aquel que sustenta a medio país.
Y como a veces, mencionar, citar, verbalizar, es como abrir las puertas del universo, al poco tiempo de plantearte el curro lenteja te llega una notificación al mail de trabajo en...redoble de tambores...queridas y queridos...¡el mismísimo Primark!
Espera que me cuesta respirar, Marisa.
El mensaje del cosmos está claro como el agua. Pero a zambombazos.
Una, que ya sabe cómo se las gasta el destino, manda el currículum, sí. Pero como con desgana. Como floja. Como que si hay una errata no pasa nada. Como que si no me cogéis para la entrevista no es el fin del mundo.
Pero por supuesto que te pillan para la entrevista ¿Acaso lo dudaba alguien a estas alturas de mi vida? No te dan el trabajo allí mismo en la oficina porque hay un protocolo que seguir, que si no sales con la camiseta de Primark puesta y el contrato firmado con una grapa en la frente.
Así que llega el día de formación. Efectivamente, para ser dependienta de la cadena de ropa más grande de Europa (que me perdone Amancio), hay que pasar ocho inaguantables horas durante las cuales "aprendes" desde qué hacer en caso de emergencia, pasando por una clase "flash" de cómo atender en caja, hasta llegar a la conclusión de que los cutters son peligrosos.
Ea. Y ahí te las apañes.
Porque al día siguiente, no solo te lanzan al vacío, sino que no te dan ni paracaídas. ¿Qué quiere decir? A caja directamente.
Introduce tu número personal que por supuesto no te sabes aún y que llevas escrito en un minúsculo post it dentro de un sobre de plástico verde fosforito, a la vez colgado por el cuello como el cencerro de una vaca. Y aquí entras en un mundo de unicornios y arco iris. Hay más de mil opciones. Y dentro de cada opción, otras mil más. Así que, con las canillas temblando, le das al botón de "siguiente cliente". Se acerca una señora, que podía traer un set de bragas y una camiseta, pero ella viene con la bolsa más a reventar que la cinturilla de Falete. Ella se percata enseguida de tu status (la gota de sudor en la frente te delata). Y te mira como diciendo, "ya me ha tocado la nueva". Empezamos cojonudo. Descargas, como te han enseñado, tooooooooditas las prendas de la señora en el mostrador. Se forma una montaña que casi no ves la nariz a la señora. Y aquí comienza el cristo. Ponte tú a pasar prenda a prenda por el escáner y dobla que te dobla a la bolsa. A ver, que yo te doblo una camiseta, pero si me toca una batamanta me dobla ella a mí. Así que venga a pelearme con la batamanta, con sus mangas y sus pliegues, y la señora cada vez con peor cara. Por supuesto, cuando metes la batamanta en la bolsa, recordemos, de papel, la bolsa se rompe. O sea, saca otra bolsa y empieza de nuevo. La señora suspira. Tú ni respiras. Y ahora pasa cada pendiente, cada pulsera, cada calcetín bajo la atenta mirada de la señora que masca chicle como si estuviese pensando en tu cabeza.
Consigo, por fin, meter todo en tres bolsas sin que se me rompan.
"Quiero pagar la mitad en efectivo y la mitad con tarjeta", me dice ya sin mirarme si quiera.
Estupendo. Toco el timbre para que me ayude una compañera. La señora vuelve los ojos a la altura del cogote quedándose con los ojos como Belén Esteban. Vuelve a suspirar. Yo sigo sin respirar. Vuelve a mascar chicle. Yo estoy que quiero salir corriendo de ahí como un guepardo. O como una chita, porque me siento una simia.
Mi compañera, a la velocidad de la luz, divide y vence a la máquina logrando cobrar a la señora en un tiempo récord. La señora, como es lógico se va farfullando frases incoherentes pero que sospecho tienen algo que ver conmigo. Mi compañera, muy sonriente, y como enunciando la obviedad del asunto me dice, "¿Ves?, es muy fácil".
Yo estoy más confusa que Carmen Lomana en un banco de alimentos.
Pero no solo consigo atender al siguiente cliente, sino a muchos más. Muchos, muchos, muchísimos más. Las horas se me hacen eternas. Tengo la impresión de que estoy yendo de cabeza hacia mi vejez de una forma supersónica. Y lo único que sale de mi boca son cosas como, "buenas, gracias por la espera", "¿quiere bolsa de papel o reciclable?", "¿quiere quedarse con las perchas?", "¿tarjeta o efectivo?".
¡Ah! Y que te venga siempre con el precio por el amor de dios, porque si no te toca salir del calor de tu caja, a la auténtica selva que es la tienda en busca de, por ejemplo, una vela aromática con forma de papá noel (recordemos, Navidades) rodeada de seres humanos totalmente trastornados que en cuanto te ven con la camiseta azul turquesa (y creedme, no solo la ven, la huelen), se te lanzan con doscientas mil preguntas que eres incapaz de contestar porque llevas tres malditos días y no, no sabes dónde está el jersey de cuello vuelto rojo con los puños fruncidos, señora. Por no saber, no sabes dónde está la maldita vela aromática con forma de papá noel que has salido a buscar.
También puede ser que no haya mucha gente para las cajas (no suele ser lo habitual) y te mandan a doblar. Que yo al principio hasta lo agradecí. Vas a tu bola, hablas con los compañeros, observas tranquilamente la gente que por allí pasa...los perritos que se mean en la sección 8, las parejas que discuten, el tantrum del niño y la consecuente colleja de la madre al susodicho...vamos, lo típico. Pero ay, virgen del santísimo socorro como te digan que tienes que ir a doblar a la sección 4. Ahí, se te caen los palos del sombrajo. No hay lugar más temido en Primark que los veinte metros cuadrados que ocupan las dos isletas para los pijamas de niños. Es como un agujero negro. Sabes cuando entras, pero nunca cuando sales...y cómo sales. Despeluchá, como sacada de una batalla. No solo estás rodeada de padres con sus respectivos hijos que se dedican a desordenar TODO aquello que se encuentren medianamente en su sitio. No. Es que los padres, con sus santísimos, te revuelven el género como si fuera un mercadillo de domingo. Que sí, que ya sé que no estamos en El Corte Inglés, pero es que, después de haber tocado TODOS los pijamas...TODOS...te preguntan que si tienes el pijama de los minions en edad de 3 a 4 años. Y tú les tienes que contestar amablemente, por supuesto. No faltaría más. A pesar de que lo que realmente te apetece es hacerles una llave de judo con el pijama de los minions de 3 a 4 años que tenías en la mano. Tan solo hay una "salvación" a esa jungla...que te llamen de nuevo a cajas.
Hay compañeras que tras el turno se quedan a comprar "aprovechando" el 15% de descuento que tenemos los empleados. Queridas y queridos, cuando llega mi hora soy Speedy Gonzalez, Flash Gordon. Salgo que me sale tupé. Soy Wonder Woman, esquivando preguntas de clientes con mis antebrazos. Y no es hasta que llego a mi coche que no respiro.
"Pau, eres un poco drámatica", pensaréis.
Lo que os cuento aquí no es ni una décima parte del infierno. Creedme. Todo el mundo debería trabajar de cara al público un mes en su vida para saber lo que es esto.
Acabé mi etapa navideña un tanto traumatizada, he de admitirlo. Tanto es así que tardé cuatro meses como cuatro soles hasta tener el valor de volver. Y cuando volví, casi me caigo de culo. Lo habían remodelado entero. Había hasta tienda de helados y sección para hacerse la manicura. Pero con lo que realmente se me cayó la mandíbula al suelo fue cuando fui a pagar mi set de cuatro bragas a tres cincuenta. Y es que habían colocado cajas de auto-servicio. No pude evitar en pensar que dentro de exactamente seis meses comenzará de nuevo la campaña navideña, y con ella las colas y las mala leche. Lo de siempre, pensaréis.
No, queridas y queridos. Desde luego que habrá colas infernales y mala leche perpetua, pero en modo de auto-servicio. Todos esos padres con los niños encalomados a la pierna, parejas con tres bolsas llenas, señoras y señores sin ningún tipo de educación...todos teniendo que pasar sus prendas una a una, doblarlas y colocarlas en la bolsa de papel...no pude evitar una sonrisa ladeada y una risa malvada interna...
De verdad, no lo pude evitar.
Monday, 6 November 2023
Escritora
Gracias a ella construimos y destruimos castillos, aliviamos dolores o rasgamos lo más profundo del alma, creamos mundos que nadie podría haber imaginado jamás, volamos, traspasamos el tiempo, y lo controlamos, somos reinas y reyes sin corona, o con corona, depende, coloreamos la oscuridad y abrigamos bajo tormentas de agua y hielo, sanamos.
La palabra puede ser sencilla de verbalizar y comprender, como "silla" o "libro", o complicada, como "averno" o "serendipia", o formar frases casi imposibles, como "soy escritora".
Estas palabras, en un principio tan simples, significan un mundo, y son más difíciles de enunciar de lo que parece. O fácil, según se mire. Pero lo que está claro es que conllevan una aceptación. Y a mí eso me parece un osadía. Y, a veces, hasta un milagro.
Hace poco fui a la feria del libro de Murcia a firmar ejemplares de una obra que he publicado recientemente. Las casetas se apelotonaban en una hilera cuasi infinita. Y en ellas, escritoras y escritores se presentaban tras su obra, entre orgullosos y nerviosos. Unos te miraban, como insinuando, "ven, acércate, no muerdo". Otros, los más osados, directamente te lo decían a la cara. Alguna autora te preguntaba si te gustaba leer. Esa frase tenía truco. Cómo no te va a gustar si estás allí. Y, ¿es "gustar" la palabra adecuada? Parecía un verbo en excesivo insulso. "Apasionar", diría yo.
He de confesar que de un tiempo a esta parte me ha dado por escribir cuentos. Me salen casi como churros. Otra cosa es que sean buenos, claro. Pero eso es otra historia. El caso, es que últimamente me interesan mucho. Así que caseta en la que alguien mencionaba la palabra "cuento", caseta a la que me lanzaba como si no hubiese un mañana.
En una de esas ocasiones me puse a hablar con Carmen, que había escrito un pequeño libro de cuentos sobre las ilusiones y los sueños del ser humano. Me comentó cómo comenzó su proyecto, cómo fue su proceso y, tímidamente me confesó que había ganado algún premio con uno de sus cuentos.
Fue entonces cuando ocurrió. Sin previo aviso, sin mucho aspaviento. Simple y llanamente le comenté: "soy escritora". Lo dije más bien por dar a entender que la comprendía, que formábamos parte del mismo club, que yo era ella y ella era yo.
Pero la afirmación me pilló desprevenida.
Creo que a Carmen también.
Y a mi madre, que había venido a acompañarme y estaba a mi lado cuando esto ocurrió, no le pasaron inadvertidas No porque no piense que soy una escritora, sino, según ella, por la seguridad con la que espeté estas palabras.
Es cierto. Ni me lo pensé. Mi razonamiento era lógico, "llevo toda la vida escribiendo, he publicado un libro, por ende, soy escritora".
Sin embargo, y casualmente (o no), nunca he podido decir "soy directora de cine" a pesar de haber parido unos cuantos cortos, ganado algunos premios y ser una amante acérrima del séptimo arte.
No solo verbalicé "soy escritora", sino que tuve la osadía de repetirlo un par de veces más a lo largo del día. Como si quisiese reafirmar mi postura.
Mi madre, en un momento dado, y ya lejos de la feria me confesó que le había chocado la naturalidad con la que había aceptado mi rol. Si soy sincera, a mí también.
Ese "soy escritora" me salió del alma. De lo más profundo de mi ser. Fueron unas palabras gustosas, queridas, ansiadas. Como llegar a casa después de un largo viaje.
Porque es curioso, pero hasta que no se verbalizan ciertas cosas, es como si no existieran. Como si no fueran. Y al decirlas, las creamos, las damos forma como si se tratara de la plastilina que moldeamos con nuestras manos. Las representamos. Y es entonces cuando una comienza a creer en sí misma. En cierto modo, que añada esas palabras en mi mundo, en mi cosmos, me transforma.
A ver, no es que os vaya a firmar una autógrafo en la cara cuando me vengáis a decir un simple "hola", sino que hay un cambio, tal vez en la manera de verme, de contemplarme. Es como excavar y de pronto encontrar una gema extraña. Como ir en bici y descubrir un arco iris en el horizonte. Algo se ilumina, algo te cambia, te nutre, se queda en tu retina.
En pocas palabras. Aceptar que, por fin, eres escritora, es lo más.
Monday, 30 October 2023
Más cosas que me sacan de quicio
Me sacan de quicio las moscas de verano. Son tontas, punto. ¿Cómo es posible que puedan entrar por una rendija de dos milímetros y luego den por culo toda la tarde porque no saben salir a pesar de tener todas las ventanas de la casa abiertas? Me puede.
Me saca de quicio Pablo Motos.
Me saca de quicio que me digan que me "tranquilice". Obviamente, y como tod@s sabemos, provocará el efecto contrario. Que no hable como si me hubiese tragado un monje tibetano no quiere decir que esté alterada, pero si me dices "tranquila", yo, con voz frenética y subiendo peligrosamente de tono te contestaré, "pero si estoy tranquílisima". Irónicamente, decirle a una persona tranquila que se tranquilice creará justamente el efecto contrario. Tal cual.
Me saca de quicio el número de tarjetas que tengo. Cuando tengo que pagar saco la del gimnasio, cuando estoy en el gimnasio saco la del metro, cuando estoy en el metro saco la de crédito y cuando estoy en el super saco la sanitaria. Puede que sea mi culpa, que no las tengo debidamente ordenadas, pero, ¿en qué momento nuestras vidas se han convertido en una ristra eterna de tarjetas para todo y de todo?
Me saca de quicio Isabel Díaz Ayuso.
Me saca de quicio olvidarme el kleenex dentro del pantalón cuando pongo la lavadora. Clásico. Abres la puerta del tambor y empiezas a ver virutillas blancas por todos lados....al principio, por un segundo, no caes...pero luego....ay Mari Carmen, ese inocente kleenex cae por su propio peso y te cambia la jeta. Se te queda, hablando en plata, cara de gilipollas. Las carcajadas vienen luego, quitando las virutillas. Unas risas vamos....
Me saca de quicio la peña que pone la música en altavoz en el metro y en otros lares similares. A ver, merluzos, hay un pequeño dispositivo muy útil llamado auricular que se introduce en cada oreja y te permite escuchar perfectamente tu reggetón favorito sin que a mi me dé un parraque. Es bien sencillo pero cómo cuesta entenderlo.
Me saca de quicio y mucho, las pegatinas en los objetos, como por ejemplo, el precio de un libro o de unos bombones, que no se quitan fácilmente. ¿Para qué ponerlas cabrones? Tienes que raspar, usar agua caliente, dejarte las uñas y encima el pegamento parece superglue coñe, que se te irá pegando toda la mierda del universo en el maldito recuadro.
Me saca de quicio la gente que "canta" encima de una canción pero que no se sabe las letras y encima desafina. Pregunto, ¿por qué? No tengo nada más que decir.
Me saca de quicio que el rollo de film transparente se me haga un lío. Buscar y rebuscar dónde se encuentra el principio entre los miles de miles de filillos que se han quedado incrustados porque tú has ido de loca de la pradera y has enrollado las cosas como si no hubiera un mañana y ahora, o enrollas una aceituna o no enrollas nada.
Me sacan de quicio los "abre fácil". Ni abren, ni son fáciles. Amos, no me digas.
Me sacan de quicio esos personajes que se ponen justo delante tuyo en la playa y te tapan las vistas del mar cuando hay espacio de sobra en cualquier otro lado. Les hacía comer arena. Así lo siento.
Me saca de quicio ver trailers de películas. Te destripan toda la historia. No solo eso, es que sabes estás viendo hasta escenas del mismísimo final. Lo que viene siendo muy mega ruin y rastrero.
Me sacan de quicio los cuchillos que no cortan.
Me saca de quicio todo aquello que es para diestros única y exclusivamente. Léase, sillas con mesa para escribir, tijeras, abrelatas, sacacorchos...menaje del hogar, vaya. El mundo gira en torno a los diestros y hasta que no eres zurdo ni te das cuenta.
Me sacan de quicio las personas, bueno, seamos sinceras, los hombres, que me explican lo que ya sé, lo que ya entiendo. Por ejemplo, cómo encontrar un archivo en mi propio ordenador, en qué consiste mi trabajo o cómo buscar una película en mi televisor. Agüita.
Y me sacan de quicio l@s racistas, l@s homófob@s, l@s machistas, l@s ultraderechistas, l@s gordófob@s, l@s maleducad@s y en definitiva, aquell@s que no respetan a los seres humanos, así en general. Punto.
Monday, 23 October 2023
Antipáticas
Queridos y queridas, este tema me toca especialmente la pepitilla. Avisad@s estáis.
Dicho tema no es nuevo, como es obvio. Mismamente el otro día escuchaba a las maravillosísimas Isa Calderón y Lucía Lijtamaer hablar sobre este asunto en el más que recomendable podcast "Deforme Semanal Ideal Total". En él explicaban cómo por ser mujer, estamos condicionadas por la sociedad a ser agradables y educadas a todas horas y en todas las situaciones posibles.
Una mujer cabreada, es una mujer histérica.
La perenne frasecita de "pero mujer, sonríe", creo, nos perseguirá de por vida.
Aparentemente, una mujer no puede ser borde, contestataria, maleducada, seria, incorrecta. No, eso está reservado única y exclusivamente para los hombres. Las mujeres debemos cargar con unos pompones de animadoras permanentemente y no quejarnos. Punto.
¿Exagerada, yo? Ya veremos.
¿Feminista, yo? Sí, esto sí, para que nos vamos a engañar. Siempre.
Pero a los hechos me remito.
Para empezar voy a poner un ejemplo que muchos conocéis o, al menos os suena. Hace unos años, en un partido de tenis femenino, el juez de silla señaló una falta anti-deportiva a Serena Williams por, según él, recibir ayuda de su entrenador. Yo no entro si esto fue cierto o no. Pero ella no sólo se cabreó, sino que perdió los nervios. La lió pardísima. Lo recuerdo vivamente porque no hubo informativo que no abriese al día siguiente con las imágenes de una Serena Williams descompuesta. Y ya no digo en la sección de deportes, no, el propio informativo. Corte a un debate general. La discusión: si la tenista se había propasado en sus formas. No faltaron, por supuesto, tertulianos en la radio y en la televisión para debatir este tema. A mí, me parece curioso cuanto menos. Algunos tenistas masculinos llevan reventando raquetas desde que se inventó la pelota de tenis. Insultan a los árbitros, a los espectadores, gritan, amenazan y, sin embargo, o no se ve en las noticias o aparece como una pequeña reseña en la sección de deportes que es, sin lugar a dudas, donde pertenece. La diferencia de trato fue más que evidente. Ver a una mujer y, más aún, a una Serena Williams perdiendo los papeles era un notición. Porque las mujeres no debemos, no podemos descomponernos y, menos, ante millones de personas.
Pero no hay que irse a las grandes celebridades para encontrarnos estos casos. Nosotras, sí, sí, tú y yo, podemos llegar a sufrir este tipo de fechorías todos los días.
Yo mismamente, en el trabajo, he tenido que aguantar que me llamen "antipática" en múltiples ocasiones. Todo porque no voy con una sonrisa en la cara como si fuera "Miss Alicante" las veinticuatro horas del día, señor. En cuanto estoy con una cara neutra, están los típicos "¿qué te pasa?", "¿por qué tan seria?" o el ya anteriormente citado "pero mujer, sonríe". Que cualquiera diría que trabajo de animadora infantil en vez de ayudante de dirección de cine. Y mientras mi compañero de trabajo está más serio que un poto nadie le dice nada porque claro, estará concentrado, en sus cosas, no vayamos a molestarle. Pero a nosotras no, a jodernos y aguantarnos, a sacar los pompones de nuevo y a animar el cotarro.
Pero esto viene, como siempre, de nuestra tierna infancia. De toda la vida se nos ha enseñado desde niñas a ser amables con todo el mundo, discretas con nuestras faldas, simpáticas con los invitados. Lo "lógico" y "normal". Mientras tanto los niños...los niños eran unos monos araña que se colgaban de las lámparas, que chillaban y si no querían saludar, no saludaban porque "claro, es que tienen un carácter...". No me digáis que no os suena. A mí la trompeta.
Y así vamos creciendo. Intentando complacer a todo el mundo, evitando la confrontación a toda costa e ignorando lo que es un "no" hasta que un día se te hinchan los ovarios. Te dices, "¿Pero tengo cara de gilipollas o qué?" y te lías la toalla a la cabeza y dices "Hasta aquí hemos llegado". Así que empiezas a poner límites. Sí, sí, comienzas a delimitar hasta dónde pueden llegar los otros y entonces, ah Mari Trini, es entonces cuando te conviertes, oficialmente, en una "Antipática". Porque ya no te riges por sus normas, sus reglas, sus absurdas exigencias. Ya no eres tierna como un "oso amoroso", ya tienes carácter. ¡Oh dios mío! ¡Cuidado, todos a cubierto! ¡Es una bomba nuclear a punto de estallar!
Lo vemos en políticas que no se dejan amedrentar, actrices o cantantes que ya no contestan preguntas machistas estúpidas, o mujeres de a pie que no van a sonreír porque a ti te salga de los santos cojones.
Sonreiré cuando me salga de los ovarios, cuando algo me haga de verdad reír, cuando quiera, no por ser mujer y tenga que agradarte a ti, la mitad de la población.
Sonreiré cuando no me digan que sonría.
Sonreiré cuando mis tampones y compresas no se consideren un artículo de lujo y sean de necesidad básica, como es lógico y normal.
Sonreiré cuando pueda andar tranquila de noche sin cagarme viva pensando que me pueden violar.
Sonreiré cuando no sienta que en mi trabajo tengo que demostrar el triple que mis compañeros masculinos para conseguir el mismo puesto.
Sonreiré cuando sepa a ciencia cierta que mis sobrinas no tendrán que sufrir ninguno de los problemas anteriormente citados.
Entonces, sí, sonreiré.
Tuesday, 17 October 2023
Matt Damon y yo
Queridos y queridas, nunca he sido fan de Matt Damon. Me ha parecido como una patata sin sal, insulso. Le veía en las pelis y pensaba...meh. Ni fu ni fa. Un brócoli me parecía más expresivo, mira tú.
Duras declaraciones por mi parte, lo sé.
Hasta que le conocí.
Corría el año 2016 y acababa de terminar mi primer trabajo como tercera ayudante de dirección de cine. Casi la palmo de la ansiedad y la histeria. En serio, casi me explota la almendra. Pensando que a partir de entonces ya no sería auxiliar de dirección nunca máis, como soy prima segunda de Murphy y su puta ley, me llaman y me ofrecen dicho puesto. Eso sí la peli es de Bourne y se rodaría entre Tenerife y Londres. No sólo tendría la oportunidad de trabajar con Matt Damon y Paul Greengrass, sino que, y más importante para mí, con Chris Carreras, el primer ayudante de dirección de muchas de las películas de Harry Potter, una auténtica leyenda. Yo, que me quiero dedicar a esto, no puedo perder la oportunidad de trabajar mano a mano con semejante titán del cine. Digo "dónde hay que firmar" y me voy para Tenerife.
Nota: Ya nos vamos dando cuenta que tampoco se vive tan mal con este trabajo, que si viajas, que te pagan el vuelo, que te ponen el hotel, las dietas... Nos enteramos, ¿no? Y bueno, que las Islas Canarias vienen siendo un lugar recurrente en el blog, vamos. Solo quería subrayarlo. Gracias, prosigamos.
Total, que llego a la isla chicharrera y me acomodo en el hotel donde vamos a pasar casi tres semanas. No me quejo.
Comenzamos a rodar. "Exterior calle noche". Está claro lo que quiere decir. Que vamos a ser vampiros durante días. Comenzamos la jornada a las ocho de la tarde y, con suerte, a las seis de la mañana estamos de camino a la piltra. Bueno, por lo menos te puedes levantar y, cuan croqueta, ir rodando hasta la playa.
La escena consiste en unos disturbios por las calles de Atenas (en teoría Tenerife hacía de la ciudad helénica...la magia del cine), en los que Bourne ha de camuflarse para poder escapar de unos tipos que le persiguen. Todo muy original, oiga.
Total, que como ya hemos aprendido en este blog, debo tener cara de traductora oficial de los rodajes británicos, porque el segundo ayudante de dirección me llama al set, un vagón de metro ligero, y me dice que le vaya traduciendo a Matt Damon lo que el conductor le diga.
Sin un mísero "nice to meet you", que es lo mínimo en estos casos. Me ponen en medio del muchacho actor y del conductor del metro y ala, ancha es Castilla, a traducir. Matt me mira concentrado mientras le suelto un rollo "macabeo" en inglés de cómo tiene que accionar el dispositivo para que éste abra las compuertas. Después de un monólogo Shakesperiano, él me mira, me sonríe, y me suelta en castellano "¿Cómo? ¿Así?" y abre la puerta. "Ah, ¿pero que hablas español?", pregunto entre anonadada y un tanto mosca tras el sobre esfuerzo mental con el que acabo de lidiar. "Un poco, mi mujer es Argentina", me contesta con un perfecto acento y todo "pichi". Pues ya me lo podría haber dicho un poco antes, básicamente unos diez minutos, cuando empecé a soltarle semejante milonga.
Pero esto nos unió claro. A ver, no es que tuviésemos un saludo secreto a partir de entonces. El muchacho actor era muy amable y saludaba a todo el mundo por las mañanas. Me diréis, ¿lógico, no, Paulis? Pues no, queridos y queridas, la mayor parte de los actores y actrices de alta alcurnia pasan cuatro pueblos de lo que viene siendo la plebe, o sea, el equipo. A no ser que les puedas dar algo a cambio, por supuesto. Por ejemplo, los directores de foto. Porque son los encargados de que salgan con la cara lisita como una plancha o feos como un orco. Pues les conviene. ¿Pero conmigo? ¿Una mera auxiliar de dirección? Ni agua. Ojo, insisto, algunos actores y actrices. En mi experiencia, cuanto más experimentados sean los actores y actrices más educados serán. Los de la nueva escuela se les sube pronto a la cabeza y suelen ser medio gilipollas. Excepciones hay en todos lados.
Matt es bien. Nos saludamos, nos preguntamos que qué tal y ahí acaba nuestra conversación porque no le vamos a pedir peras al olmo.
Hasta aquel día que lo cambió todo.
Pero vayamos por partes.
Una vez acabada nuestra aventura en Tenerife nos volvemos diligentes a Londres a rodar parte de la película en un estudio, parte en localizaciones por la ciudad.
Nota: He de aclarar que Paul Greengrass, el director, viene del documental así que rueda de una forma super libre y a veces hasta radical. No se anda con chiquitas. Si ve un sitio que le gusta, rodamos ahí, así de simple. Que los productores se encarguen de los permisos y el papeleo que para eso están. Bien, aclarado esto, prosigamos.
La escena a rodar: Bourne huyendo de dos tíos que le persiguen de la CIA, para variar. De pronto, gira una esquina, ve una falsa puerta, entra y se queda dentro para despistarlos. Cuando han pasado de largo, sale de nuevo y, muy listillo él, corre en sentido contrario. Un hacha el Bourne.
Bien pues había que rodarlo, ¿no? Obviamente. ¿Qué implicaba esto? Que Matt (mi súper colega Matt), tenía que entrar por esa falsa puerta, quedarse dentro del cuarto, esperar un tiempo prudencial y salir escopeteado de ahí. Algunos, que sois listos como el hambre y seguís mis andanzas cuan fans empedernidos habréis adivinado lo que viene a continuación. Porque, en ese momento en el que la Paulis andaba un poco despistadilla, escucha al primer ayudante de dirección decir, "necesitaremos a alguien dentro del cuarto para darle la señal a Matt para salir". Mira alrededor. ¿Y quién creéis, queridos y queridas que fue la afortunada a la que le endosaron semejante honor? "Paula, tú le darás la señal desde dentro". ¿Quién? ¿Yo? Cómo no, surprise, surprise, qué raro que me toque a mí, mari Carmen.
Entro en el cuarto y... ay diosito de mi vida, oh my fucking god, que es un cuarto de basuras. Tal cual. Y, para más inri, sin luz. Matt Damon y yo vamos a tener que estar dentro de un cuarto lleno de mierda a oscuras cuando lo máximo que hemos hablado ha sido algo así como "pues la verdad es que hoy hace buen día", "sip, se ve despejado". Me echo a temblar. ¿Y yo qué hablo con este buen señor en la más negra oscuridad en un cuarto de deshechos?
Las primeras tomas ni tan mal, porque Matt literalmente tiene que entrar y salir así que es todo mega rápido. Por un instante, por un momento, creo que me voy a librar de tener que sacarle conversación. Qué ilusa soy. A estas alturas ya tendría que haber aprendido que la vida siempre, siempre se me complica si no me la complico yo.
Paul Greengrass, el director, quiere hacer unos primeros planos de Bourne saliendo de la falsa puerta y para ello, ¿qué tiene que hacer Matt?, empezar dentro del cuarto de la basura dónde Paula le dará la señal para salir.
Así que ahí estamos los dos, que casi no nos vemos, preparadísimos, cuando de pronto me comentan en la radio "Paula dile a Matt que casi estamos, que hay un pequeño problema técnico con la cámara".
Mecagoenlaputayentodoloquesemenea que me toca hablar con él.
Silencio incómodo...
Me apoyo en un contenedor de basura. Me quito. Joder, que asco. Piensa, Paula, piensa, pordiossantoyelarcangelsangabriel, de qué hablo yo con este señor. ¿Qué tengo yo en común con un tío que viaja en jet privado y cena sushi todas las noches? ¿Que tiene casas de millones de dólares y con más baños que habitaciones y yo teniendo que compartir mi váter con dos personas y haciendo el baile del sambito en la puerta porque está ocupado y me cago viva? ¿Qué tengo en común, queridos y queridas? ¡¡¡¡¿Qué, coño, QUÉ?!!!!!!
De pronto, se me ilumina la bombilla...
"The glamour of filmmaking huh?" ("El glamour del cine, eh?"), me atrevo a decir. Oigo una risa en la oscuridad, sincera, risueña. "Fuck yeah" ("Joder, sí"), me dice con su acento bostoniano. Nos reímos, por que no es que se pudiese cortar el silencio con un cuchillo, queridos y queridas, no. Sino con un puto machete. Y a machetazo limpio me lo cargué.
Y no sé cómo empezamos a hablar entre toma y toma. En la opacidad. Entre desperdicios. De lo bien que iba el día de rodaje a pesar de todo, de lo majo que era Paul Greengrass. De pronto pasamos a sus hijas y su mujer. Y hablamos un poco de español. Y cuando mejor me lo estoy pasando ya hemos conseguido el plano, y tenemos que salir. Y la magia desaparece, y es una pena.
Volvimos a nuestros "good morning" habituales y a los "parece que hoy va a llover" frecuentes, pero de vez en cuando coincidíamos y alguna cosilla más sí que caía. Sobre España, sobre la educación, la inmigración. Daba igual, siempre había algún tema.
Hasta que llegamos al final del rodaje, y nos dijimos nuestros "adioses" y nuestros encantados de habernos conocido.
Desde entonces ya no le puedo ver igual, ni a él ni a sus películas.
Ya de brócoli, nada. Es una patata con sal.
Y esta, queridos y queridas, es la historia de Matt Damon y yo.



